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Friday, June 29, 2018

Arqueologia y Medicina (8): Los médicos del Islam. Tercera parte

 Primera parte aquí

Segunda parte aquí 


 La era de las enciclopedias


Gracias al prestigio del saber y a cierta libertad intelectual, durante el período de esplendor del califato abásida  de Bagdad –entre los siglos X y XI– la compilación de grandes obras sistemáticas fue el distintivo de sabios de talla universal, que ejercían la medicina junto a la filosofía, las ciencias y las tareas políticas.

De entre todos ellos brillaron tres. Uno es al-Razi (Rhazes para los latinos), iraní polifacético y experto farmacólogo, que vivió en la corte, dirigió el gran hospital de Bagdad y escribió casi doscientas obras. El segundo es al-Majusi, cuya compilación, el Libro total sobre el arte de la medicina, es una obra maestra por su equilibrio entre teoría y práctica. [Al Majusi, fue además,  pionero en la medicina psicofisiológica y psicosomática]. Sin embargo, este texto quedó oscurecido por la obra del tercer gran nombre de la época: Ibn Sina, al que conocemos como Avicena.
Su éxito se debe a su fuerza teórica y su esfuerzo de racionalización; para Avicena, sistemático y claro, la lógica es la base del diagnóstico
Este extraordinario filósofo -Avicena- ya era médico a los dieciocho años. Escribió extensamente sobre todas las ciencias, y su Canon (o «norma») de medicina es una de las obras más célebres de la medicina de todos los tiempos. Su éxito se debe a su fuerza teórica y su esfuerzo de racionalización; para Avicena, sistemático y claro, la lógica es la base del diagnóstico.

En Occidente, la ciencia árabe brilló en la obra de dos famosos filósofos y médicos cordobeses del siglo XII: Averroes, ibn Rushd, cuya Kulliyat o Totalidad (en medicina General) fue traducida y conocida como Colliget, en latín; y el judío Maimónides, Musa ibn Maimón, quien llegó a ser médico personal del campeón musulmán de las cruzadas: Saladino, sultán de Egipto. Su caso no era único: la medicina judía brilló al implicarse con la dominación islámica; de hecho, el árabe fue la lengua de cultura judía durante toda la Edad Media.


Teoría y práctica

 

La base teórica de la medicina árabe no difiere esencialmente de la griega y romana. En su base se encuentra la medicina humoral, atribuida a Hipócrates –que vivió en el siglo IV a.EC.–, la cual divide en cuatro los fluidos humanos básicos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra; la salud y la enfermedad dependen del equilibrio entre ellos. Así, quienes sufrían exceso de bilis negra eran consideradas personas tristes, diciéndose de ellas  que tenían «humor negro», pues eso es lo que significa «melancólico» en griego. De igual modo, los temperamentos «sanguíneos», «flemáticos» y «coléricos» padecían algún desequilibrio de los otros humores. La salud se obtenía restableciendo el balance entre los cuatro humores  a base de dietas y purgas; de ahí la importancia que en la medicina árabe tenían -y tienen- la higiene y la dieta.
 El médico oculista Ammar ibn Alí desarrolló un método para diagnosticar las cataratas operables basado en la reacción de la pupila ante la luz
Pese al predominio de esta medicina «teórica» se desarrollaron terapias y observaciones anatómicas nuevas. En especial, destaca la oftalmología. La utilización de una jeringuilla hueca para succionar las «cataratas» constituye una notable innovación debida a Ammar ibn Alí , en el siglo X, quien desarrolló, además, un método para diagnosticar las cataratas operables basado en la reacción de la pupila ante la luz. Con todo, el mayor especialista en cirugía fue el andalusí Abulcasis, -padre de la cirugía moderna- quien empleó un instrumental variadísimo: tenazas, pinzas, trépanos, bisturíes, sondas, cauterios, lancetas o espéculos, cuyos dibujos ilustran su Libro de la Disposición. Durante el siglo XVI, los cirujanos de Occidente seguían estudiando esta auténtica enciclopedia del saber médico, que otorgaba tanta importancia a las técnicas para combatir el dolor (con frío o con esponjas soporíferas) como a las suturas y los vendajes.

Mención aparte merecen los cirujanos prácticos o médicos empíricos, expertos en el tratamiento de inflamaciones y tumores, así como en la extracción de flechas y curación de heridas, fracturas y luxaciones. Por su parte, la farmacología y la toxicología evolucionaron con la alquimia, a la cual debemos los alambiques, el amoníaco y el alcohol, entre otras aportaciones.

El cuidado de los enfermos


Un trazo distintivo de la cultura islámica fue la construcción de centros de estudio (las madrasas) y de hospitales públicos (los bimaristanes) mantenidos por medio de donaciones, aunque no deben ser vistos como una novedad respecto del mundo cristiano o budista. Cada gran ciudad rivalizó para albergar ambas instituciones, entre las cuales hubo un tránsito constante de profesores y libros. Los hospitales permitían a los más pobres beneficiarse del saber de médicos tan notables como al-Razi, director del hospital de Bagdad. El bimaristán más conocido es el que el sultán al-Qalaun edificó en El Cairo, en 1285: podía atender a ocho mil enfermos en cuatro pabellones destinados a diferentes patologías y dispuestos alrededor de un patio climatizado con fuentes. Algunos de estos establecimientos siguen funcionando, como el bimaristán fundado por Nur al-Din en Damasco, en 1154. También había hospitales que acogían a enfermos mentales, algo desconocido en Occidente. En el siglo XII, el viajero judío Benjamín de Tudela [del que conté aquí] escribió sobre el Hospital de Bagdad: «En él detienen a todos los dementes que se encuentran en la ciudad durante el verano, que han perdido la razón por el calor excesivo, sujetando a cada uno de ellos con cadenas de hierro; todo el tiempo que permanecen allí son alimentados por la casa real y cuando recobran la razón los despiden y cada cual vuelve a su casa y a su hogar. [...] Cada mes son interrogados por  los oficiales del rey para observar si algunos han recobrado la razón».
Los hospitales permitían a los más pobres beneficiarse del saber de médicos tan notables como al-Razi, director del hospital de Bagdad
Aunque la medicina árabe brilla por sí sola, en el Occidente cristiano sólo se supo de unos cuarenta textos sobre un millar de escritos médicos censados. Los últimos autores conocidos fueron los andalusíes Ibn Zuhr (Avenzoar), que mejoró la traqueotomía y descubrió la causa de la  escabiosis (sarna) y la pericarditis, y Averroes. Pero del gran botanista Ibn al-Baytar y del epidemiólogo Ibn al-Jatib (que dejó testimonio de la peste negra) ya nada se supo, aunque también eran andalusíes y vivían en la frontera misma de la Cristiandad. De ahí que sea exagerado pensar, como se había creído, que la medicina islámica se estancó después del siglo XIII; aún desconocemos muchísimos escritos tardíos.


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Para saber más

El Renacimiento del Islam. Adam Mez. Universidad de Granada, 2002.
Médicos de Al-Ándalus. Cristina de la Puente. Nivola, Madrid, 2003.
El médico. Noah Gordon. Roca Bolsillo, Barcelona, 2013.
Medicina árabe
Medicine in the  medieval islamic world
 
 Artículo por National Geographic.
Negritas y enlaces puestos por mi.


Friday, June 22, 2018

Arqueologia y Medicina (8): Los médicos del Islam. Segunda parte

Primera parte aquí  

En el año 958, Sancho I de León fue depuesto por nobles rebeldes, que esgrimieron como excusa para su actuación el hecho de que el monarca no podía cumplir con dignidad las funciones regias debido a su extrema gordura. Su abuela, la Reina Toda de Navarra, buscó ayuda en la corte califal de Córdoba: pidió a Abderramán III cura para la obesidad mórbida de su nieto y apoyo militar para que pudiera recuperar el trono. En la capital andalusí, el médico Hasday ibn Shaprut, judío jiennense, sometió a un estricto régimen al monarca leonés y logró rebajar su peso. De este modo el soberano pudo cabalgar como era debido, y el auxilio de tropas cordobesas le permitió recuperar la corona perdida.

La anécdota ilustra el amplio y justificado reconocimiento de que gozaban los médicos de países islámicos en la Edad Media. Ibn Shaprut no era el único facultativo que sobresalía en la corte de Abderramán; en ella destacaba, por ejemplo, la sabiduría del cirujano Abul-Qasim al-Zahrawi, a quien los cristianos conocieron como Abulcasis [Autor de le enciclopedia médica  de 30 vol. Kitab Al Tasrif]

La excelente formación de todos estos personajes y la amplitud de los conocimientos que tenían a su disposición, y que compartían con sabios del norte de África o de los confines de Irán, se explica por la construcción de una vasta comunidad científica merced al empleo de un mismo idioma, el árabe, en los inmensos territorios unidos por la fulgurante expansión del Islam.


Las raíces más antiguas


«Haced uso de tratamientos médicos, pues Dios no ha creado enfermedad ninguna sin disponer un remedio para ella, con la excepción de una sola enfermedad, la vejez»
Antes de que el mensaje de Mahoma se extendiera más allá de la península Arábiga, los árabes ya contaban con una primera cultura médica, llamada «islámica o profética» por ser su protagonista Mahoma, el Profeta. Arcaica y piadosa, abunda en exhortaciones genéricas. Dice, por ejemplo: «Haced uso de tratamientos médicos, pues Dios no ha creado enfermedad ninguna sin disponer un remedio para ella, con la excepción de una sola enfermedad, la vejez». Muchos de sus recursos, como el uso de la miel, del aceite de oliva o de la succión con ventosas (hijama), forman parte de prácticas curativas o profilácticas –preventivas– que se remontan a la Arabia antigua y poseen rasgos babilónicos, de modo que sus raíces se extienden hasta el III milenio a.EC. Todavía hoy se recurre a ellas en muchos países islámicos.

En un campo paralelo se sitúa la «interpretación de los sueños» (tabir al-anam), a los que el mismo Profeta concedía gran importancia. Ya en el siglo VIII, Ibn Sirin compuso la primera gran obra árabe en esta materia, que tenía como fuente principal la Onirocrítica del autor griego Artemidoro de Éfeso, escrita ocho siglos antes. Sin duda, la extremada atención de los árabes por la vida psicológica nace ahí. Por otra parte, el socorro a la sanación espiritual era más común de lo que se piensa. Son muchas las medicinas paracientíficas y astrológicas: en los tratados de medicina aflora a veces todo un mundo de rituales, repleto de sellos y talismanes. El Islam no lo rechaza en bloque, y la magia «blanca» es lícita dentro de ciertas normas.

Pero los límites de la medicina árabe se ampliaron infinitamente después de que, en el año 622, Mahoma proclamara su mensaje a las tribus árabes. Los califas, sus sucesores, extendieron sus dominios desde la India hasta el sur de Francia en apenas dos siglos. Las élites del Islam pronto comprendieron la importancia de adoptar los rasgos más brillantes de la cultura grecorromana, preservada en Egipto  y el Oriente Próximo, y quisieron para sí todos los saberes y tecnologías que llamaban «ciencias de los antiguos», entre las que se contaba la medicina.

La ciencia de los antiguos

 

Con la expansión del Islam cayeron bajo dominio musulmán las ciudades donde se cultivaba la ciencia griega que había irradiado desde el foco de Alejandría: Edesa y Nisibis, en la Siria bizantina, y Gundishapur, en la Persia sasánida. A esta última ciudad se habían dirigido los médicos griegos después de que, en el año 529, el Emperador Justiniano cerrase la academia de Atenas. Y también se instalaron allí médicos cristianos de credo nestoriano, a quien los bizantinos habían expulsado de Edesa porque su fe era contraria a la ortodoxia religiosa.

La ciencia griega preservada en esos territorios se convirtió en la base para el desarrollo de la medicina árabe, gracias a la labor de médicos políglotas que, entre los siglos IX y X, ejercieron como maestros y traductores. Entre ellos figuran Yuhanna ibn Masawaih, conocido en Occidente como Ioannis Mesuae, nacido en el seno de una cultivada familia de Gundishapur, y su discípulo Hunayn ibn Ishaq, llamado Iohannitius en latín, responsable de unas cincuenta traducciones de gran calidad. Ambos eran cristianos nestorianos, comunidad de habla siríaca cuya lengua era muy parecida al árabe, lo que facilitaba la traducción de textos griegos.

Médicos de distintas creencias trabajaron juntos, discutiendo y estudiando en árabe, como hoy se hace en inglés
Esta labor gozó de un amplio mecenazgo, que tuvo su máximo exponente en la fundación de la famosa Casa de la Ciencia o Bayt al-Hikma en Bagdad por el califa al-Mamún; el soberano puso a Ibn Ishaq al frente de los traductores. Con la traducción de obras en griego, persa y sánscrito, la medicina árabe se convirtió en la más informada y diversa del planeta en los albores del siglo X. Sabios paganos, cristianos, judíos, hindúes y muchos otros adoptaron el árabe como lengua científica. Es decir, médicos de distintas creencias trabajaron juntos, discutiendo y estudiando en árabe, como hoy se hace en inglés. Por esta razón hablamos aquí de «medicina árabe»: no nos referimos a una etnia «árabe», sino a una comunidad intelectual que compartió el idioma del Corán, convertido en lengua común de ciencia y cultura.

Este fenómeno también fructificó en al-Andalus, la España musulmana, durante el siglo X. Allí fue traducido un clásico, la  "Materia médica" de Dioscórides, para el califa Abderramán III, en cuya corte figuró, como ya hemos dicho, Abulcasis, cirujano eminente cuyo Libro de la disposición (que bebía de la obra de un médico bizantino, Pablo de Egina) gozó de extraordinario prestigio. Córdoba, la capital de al-Andalus, rivalizaba con los nuevos centros de enseñanza islámicos del Mediterráneo: Cairuán, en Túnez;  Fez,  en Marruecos;   y El Cairo, en Egipto. Conocemos más de un centenar de obras médicas árabes anteriores al año 1000; la transmisión del pasado era una realidad, y una ciencia propia empezaba a ver la luz.


Ultima parte el viernes que viene

 Artículo por National Geographic.
Negritas y enlaces puestos por mi.





Friday, October 6, 2017

Maimónides (1135-1204) rabino, filosofo, médico, astrónomo, sefaradita, andalusí; todo en uno

Rabí Moshé ben Maimón al-Qurtibi

" De Moisés (el del Sinaí) a Moisés, no hubo otro Moisés"


Por Elisa Simon



Paseando por la bella Córdoba, entre las estrechas calles de la judería, muy cerca de la sinagoga mudéjar, se encuentra la estatua de rabí Moshe ben Maimon, conocido como Maimónides. Uno de los más grandes sabios andalusíes de todos los tiempos.





Permanecí de pie junto a su estatua, mientras observaba su figura de hombre maduro, sentado con un libro en la mano. Su mirada, puesta en el infinito, parecía serena y su postura muestra humildad y orgullo.  


Maimónides alcanzó en vida, el más alto reconocimiento como autoridad indiscutible y conocedor absoluto de la legislación rabínica. Sus obras se difundieron por todo el mundo medieval. Recibía a diario infinidad de cartas, donde jueces, rabinos e intelectuales pedían su opinión acerca de un tema legislativo o filosófico. 

En plena calle Judíos de Córdoba, me senté frente a su estatua, mientras innumerables turistas pasaban su mano por su zapato, anhelando adquirir más sabiduría ...

¿Dónde tendrían los ben Maimón su casa? Quizá por aquí cerca ... Procedía de familia de tradición de jueces rabínicos. Su padre era así y rabino de Córdoba. 

Moshé ben Maimón nació en el mes de Marzo de 1135.






Su padre fue el primer tutor del joven Moshé, quien le enseñó la Torá apenas empezó a hablar. Siguió con el aprendizaje de la caligrafía árabe y hebrea, así como lexicografía y gramática hebrea. Más adelante debió estudiar el Talmud. Aquí es cuando comienza a marcar su camino. Su padre y tutor que había estudiado en la Academia talmúdica de Lucena con los grandes maestros Joseph ibn Migash e Isaac el-Fezí, hizo que éstos influyeran profundamente en el joven Moshé. 

Moshé, aprendió el Talmud basado en el libro "Libro de las leyes" del rabino Isaac el-Fezí. El-Fezí, consciente de la complejidad del Talmud, lo redactó con la intención de facilitar su estudio. Intentó agrupar los temas y aclarar los comentarios e instrucciones para guiar a la comunidad en su vida diaria y explicó el significado de los términos más complejos. 


Con esta buena base de su aprendizaje, cuando Moshé celebró a los trece años su bar Mitzvá, ya gozaba de un reconocido nivel intelectual. 

En 1148 el mismo año de esta celebración, los almohades conquistaron Córdoba. Su política inicial fue la conversión o el exilio. 
La familia ben Maimón decidió emigrar a Almería, que por aquel entonces estaba bajo dominio cristiano. Allí vivieron nueve años, durante los cuales prosiguió sus estudios del hebreo y de la poesía hebrea y árabe. En tierras almerienses puede que haya escrito su primera obra "Diccionario de Términos de la Lógica" en 14 capítulos. Se trataba de un encargo, donde se le pidió, que explicara de forma concisa, el significado de la terminología técnica de la Lógica.  


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