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Thursday, February 22, 2018

Los fantasmas en Pedro Páramo de Juan Rulfo y la muerte como continuidad de la vida, con Doña Catrina, la calavera que ríe

Por Francisco Javier López Huecas (esta vieja está sentada
sobre su ataúd, mirando las cartas que le dicen su futuro
 que a juzgar por su cara no es muy halagüeño).

Eudviges: _ (.....)  Solo yo sé como acortar veredas. Todo consiste en morir, Dios mediante cuando uno quiera y no cuando él lo disponga. O si tú quieres, forzarlo a disponer antes del tiempo (.....)

Juan Preciado: _ Yo creía que aquella mujer estaba loca. Luego ya no creí nada. Me sentí en un mundo lejano y me dejé arrastrar. Mi cuerpo que parecía aflojarse, se doblaba ante todo,  había soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como si fuera de trapo. (...)
(Y  observa a la mujer que tenía frente a sí, "sin dejar de oírla", dando una magnífica descripción cadavérica: Su cara se transparentaba como si no tuviera sangre y sus manos estaban marchitas; marchitas y apretadas de arrugas. No se le veían los ojos. Llevaba un vestido  blanco muy antiguo (....) le colgaba una María Santísima del Refugio con un letrero que decía "Refugio de los pecadores")  Reconozcamos que la medalla le venía de perlas ;-)

Eudvigdes Dyada es un personaje interesante, una "pecadora-prostituta" que  al suicidarse se ahogó,  retorciéndose en su propia sangre,  y  por la que su hermana  María rogó del Padre Rentería -quien en su infinita soberbia se arrogaba el poder de juzgar a vivos y muertos- la salvación de su hermana y este se la negara, por falta de medios, evidenciando su corrupción: -digo  tal vez, si acaso, con las misas gregorianas; pero para eso necesitamos pedir ayuda, mandar traer sacerdotes. Y eso cuesta dinero (como lo hizo  con Dorotea la Cuarraca, compañera de tumba de Juan Preciado y tantos otros-  a la que me referiré más adelante) -no tengo dinero. Eso Ud. lo sabe, padre- respondió María.

Eudvigdes se presenta a Juan Preciado como la gran amiga de su madre y  se lamenta al saber por Juan Preciado que Dolores murió hace siete días: -Pobre de ella. Se ha de haber sentido abandonada. Nos hicimos la promesa de morir juntas (....).  Sin embargo, después de muerta, Dolores le  avisa  a Eudvigdes que "justamente hoy"  vendría su hijo a visitarla. Ella, Eudvigdes, le asegura a Juan Preciado: -Lo único que quiero decirte ahora es que alcanzaré a tu madre en alguno de los caminos de la eternidad. Desde luego,   esta ánima no se siente para nada condenada. Aunque Damiana Cisneros,  la misma que cuidara a Juan Preciado al nacer,    le  dice a él: "este pueblo está lleno de ecos, yo ya no me espanto de nada" y  se lamenta por Eudvigdes "-Pobre Eudvigdes. Debe estar penado todavía" y comenta a Juan Preciado, a quien ha invitado a dormir en su casa,  que su hrna  Sixtina, aunque muerta  debe estar "todavía vagando por este mundo".  Damiana, un ánima que habla como si aún estuviera viva, sin tener conciencia de su muerte y que se espanta de sus colegas espectros.   Al igual que   los hermanos incestuosos Dorotea y Donis;   éste  le dice a Juan Preciado: -Dígame si Filomeno no vive, si Dorotea, si Melquiades (......),  si Soséstenes y todos esos  no viven. De  día no se que harán pero las noches se las pasan en su encierro. Aquí estas horas están llenas de espantos. Si ud. viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle,  en cuanto oscurece comienzan a salir.   Dorotea agrega "(....). Ninguno de los que todavía  vivimos está en gracias de Dios".  Y le explica a Juan Preciado  que el Obispo no les dio la absolución y  se fue del pueblo  sin volver nunca jamás y sin mirar atrás "como si hubiera dejado aquí la imagen de la perdición", razón por la cual el pueblo está lleno  de ánimas en pena:  "un puro  vagabundear de gente que murió sin perdón". 

 Claro que ha esta altura ya Juan Preciado empieza a sospechar que están  todos muertos:
a Damiana  le pregunta desesperado: -¿Está Ud. Viva? ¡Dígame Damina!,  y a otros, poco más adelante tal como el personaje lo relata:  

- ¿No están uds, muertos?  Y la mujer sonrió. El hombre me miró seriamente.
- Está borracho- dijo el hombre
- Solamente está asustado- dijo la mujer

Y del susto, mejor dicho sustón,  Juan Preciado, faltándole el aire y sorbiendo el propio que le salía de la boca, estiró la pata y pasó a mejor vida, entre espumas y nublazones.

Muertos que se creen  vivos y que hablan de otros muertos que vagabundean en pena, entraña  mucha ironía, producto del sincretismo religioso Una ironía fina que  se burla de la muerte, que se ríe de ella, que reniega de la condena eterna impuesta por la iglesia Católica desde la época de la Colonia en su proceso de evangelización de las sociedades pre-colombinas de América, cosmológicas per se,  que veían la muerte como un proceso continuador natural  de la vida,   a la que había  que contentar para preservar  la Creación.  Es decir, que la  comunidad jugaba  un papel decisivo en la preservación del orden  cosmológico y esto  era asegurado por medio de muy elaborados  ritos de sacrificio.   Entre los mayas la sangre era el elemento de sacrificio más preciado.  Los vivos se infringían heridas con objetos punzantes para extraerse sangre que ofrendaban a los dioses.  Y a los muertos se les arrancaba el corazón para ofrendarlo a los dioses. La sangre vertida en el sacrificio  servía, tanto entre los mayas como entre los aztecas por ejemplo,  para mantener el Orden del mundo, para aplacar la ira de los dioses, para restablecer la salud cósmica; nada tenía que ver con una salvación individual ultra-terrena o  con que el destino estuviera determinado por el comportamiento durante la vida y la condena de pecados después de la muerte o la salvación del alma por medio del arrepentimiento,  temas recurrentes en el ideario católico.  Temas que Juan Rulfo hace cuestionar a sus ánimas parlantes.

Las culturas pre-colombinas creían en la inmortalidad del alma  que se desprendía del cuerpo. La muerte no era percibida como el fin de  la existencia sino como un cambio de estado.  Para los aztecas el ser humano estaba constituido por 1- Teyolía: alma inmortal que volaba al Sol.
2- Tonalli: los huesos el esqueleto que al morir, la familia incineraba y a la que rendía culto (el culto a los muertos)
3- Ihiyotl: el hígado, lugar en que se alojaban las pasiones y que al morir, volvía como fantasmas  o espectros para asustar a los vivos.

Según las creencias los mexicas, los que morían podían ir a tres lugares según el tipo de muerte que había sufrido: - si por enfermedad: a un lugar sin luz y sin ventanas.
- si  ahogados:   iban al paraíso terrenal donde había mucha comida y diversiones
-si morían en batalla (los varones)  o en  trabajo de parto ( las mujeres):  Iban al Cielo, morada del Sol. (nótese aquí la igualdad implícita entre hombres y mujeres)

 Entre los mayas,  Kimil Yimil, el dios de la muerte representado con forma humana- esqueleto.

Una de las cosas que sorprenden  a quien visita al  México  actual es  la cantidad de
esqueletos y calaveras  expuestas por doquier. 


Estas  a continuación son  20 fotografías  que tomé en México  durante todo el mes de Mayo de 2014:





















Es innegable que el humor funciona como vía de escape aligerando  la seriedad de la vida y la angustia existencial.  El humor exorciza los miedos, es terapeútico, es sano.  Juan Rulfo lo utiliza en  "Pedro Páramo" y Juan Rulfo, el hombre sufriente, de paso  se salva a sí mismo, además  de objetivizar a la locura  y depositarla  en su personaje Juan Preciado.

El mexicano que vive en una sociedad por demás violenta, lo primero que te dice a la hora de un:

como el que vivimos ese mes de mayo en que yo estuve ahí: 
 "aquí no pasa nada"
Y te lo puede acompañar de un tequila, unas risas y unas rancheras
"Híjole, la muerte es una chingada, pero es inevitable". 
(y no es necesario que nos agarre confesados, diría Susana San Juan)

Esqueletos y calaveras encontramos  en el ideario mexicano desde mucho antes:


Antonio Vanegas (1850-1917)   fue un célebre impresor y editor mexicano. Fue el editor más popular de gacetas callejeras, corridos, historietas, adivinanzas y publicaciones varias de su momento.
 

Con él  trabajaron Manuel Manilla:
 


y José Guadalupe Posada, creador de la Célebre Catrina llamada primero Calavera garbancera, nombre que le cambió Diego Rivera por el de Catrina.

 La calavera Oaxaqueña. Impresa en las imprentas Arroyo. 1903.

La Catrina

Estas  Catrinas con sombreros muy elegantes y esqueletos famélicos, además de reírse de la muerte, se burlaban de los políticos y funcionaban  en contextos de sátiras sociales en la que son también burlados los mestizos que reniegan de sus raíces indígenas imitando a los europeos aunque se mueran de hambre.

Y ya que la parca tiene que venir, mejor hacerse amigo de ella, para que al menos, te lleve luego de morir por un buen camino,  como ese que anhela  Eudvigdes  para reencontrase con su amiga Doloritas, madre de  Juan Preciado, nuestro héroe trágico muerto de susto por pura fidelidad a su madre, rasgo de carácter consustancial con el ethos del mexicano, según el gran psicólogo social Rogelio Díaz Guerrero (1918-2004)  que afirma: "a los padres se los respeta más de lo que se los ama" y Juan Preciado debe cumplir la promesa hecha a su madre en el lecho  de muerte, aunque le cueste la vida.


 1913



Contribución a la lectura colectiva virtual que hacemos bajo la conducción de Pedro Ojeda desde su blog: La Acequia   © Myriam Goldenberg

 "Pedro Páramo" de Juan Rulfo, Ed. Eterna Cadencia, Argentina, 2016.

Conferencia del Prof.  Miguel Angel Flores,  Pedro Páramo: en conversación con los difuntos, 2004, Univ. de Beijing , China


 Fotos: de la red (gracias) y  20 mías tomadas en México, año 2014


Wednesday, January 31, 2018

La recontrucción de la historia personal (entre mito, literatura y sublimación) en Pedro Páramo de Juan Rulfo



Lo intangible puede no ser menos cierto, digo yo, como los fantasmas a los que  el mexicano Juan Rulfo  (1917-1986)  da vida -símil de los que él mismo lleva adentro-,   que relata cumpliendo una promesa hecha en el lecho de muerte de su madre  Juan Preciado,  hijo  de Dolores Preciado,  una de las mujeres de Pedro Páramo con quien se había  casado por dinero y que   ésta luego abandona con su hijo a cuestas. También hay otras voces que cuentan desde su punto de vista la vida de  las gentes  en la aldea Comala y en la estancia Media Luna,  propiedad del cacique Pedro Páramo, padre de Juan -y de muchos otros hijos- en el estado  de Colima en el occidente mexicano, colindante con el  de Jalisco en dónde nació nuestro autor.  "Un lugar con  mucho magnetismo", según me relata mi hermana  residente  en el país y  que ha visitado Comala. "Comala te va a encantar", afirma.   (Desde entonces, sólo veo fantasmas en mis sueños ;-)).

Antes  de seguir adelante,  quiero decir lo mucho que me gustó esta lectura que tenía pendiente desde hacia tiempo y a la que me adentré completamente virgen,  siguiéndola hasta el final de un tirón, dejándome llevar por la mano de Juan Rulfo a ese lugar mágico en el que pasado y presente se mezclan con vivos y muertos, más muertos que vivos, porque al final,  resulta que todos están muertos pero no por eso, callados.  Ecos del ayer cobran vida  entre las polvorientas calles del pueblo y ataúdes enterrados. Almas en pena que no han gozado de la salvación que otorga la iglesia católica; almas  irredentas y atrapadas en lo que ahora es un pueblo yermo, como yerma lo es también la tierra que ha dejado de cultivarse.



 
 "Nadie entra en su propia tragedia y sale indemne", dice Pedro, nuestro profesor.  Juan Preciado, el personaje central de esta novela y primer relator,  llega a Comala, como he dicho, cumpliendo el mandato de su madre, mandato  que expresado en lecho de muerte tiene una carga tremenda para  el receptor y además, como si eso fuera poco, la madre le pide que vengue lo que su padre  les hizo a ambos.   El mismo  Juan Nepomuceno Perez Rulfo Vizcaino -al que le pusieron los nombres como si de "un racimo" familiar se tratara, según sus propias palabras, Juan Rulfo  para  los amigos y la posteridad-  cuando tenía 10-11  años, en 1928, vio como habían colgado de los pies a su   abuelo asesinado,  a su padre acribillado  y a sus tíos también asesinados,  con sus cadáveres colgando   de los postes del Telégrafo. Juan Rulfo ha crecido rodeado de fantasmas, producto por la Guerra Cristera (1926-29) provocada por  una Iglesia Católica Apostólica y Romana que se negaba a perder sus privilegios, los cuales    habían sido aparcados o disminuídos por el Gobierno Civil de aquella época.  Una guerra, después de otra (la de la revolución mexicana de  1910-1917)  que provocó, según  las cifras que se han estimado,  alrededor de los 250.000 muertos.  Una guerra que es mencionada en  Pedro Páramo. El autor ha dicho en contadas ocasiones que no hay nada autobiográfico en este escrito suyo ni en ningún otro, pero mi hipótesis  es que sí,  aunque de forma inconsciente si se quiere. Sus personajes están todos muertos como lo están  sus familiares y él mismo, ha crecido entre fantasmas (y obsesiones), como he dicho antes.


Para mi la propia tragedia del autor, trasunta literaturizada en esta obra en la que destacan el tiempo circular del mito  y las oposiciones entre silencios y murmullos, como los expertos han tan acertadamente señalado.  En la  búsqueda  por la reconstrucción de la historia personal del personaje Juan Preciado, está inmersa la del propio autor que   busca encontrar -es de suponer- algún sentido a tanta violencia desatada en la que sus propios valores religiosos se tensan, cuestionan y revientan en la hipocresía del cura, el Padre Rentería, que no obtiene la absolución de sus propios colegas por haberse  vendido al Poder. El personaje  Juan Preciado sucumbe a su propia tragedia en esa búsqueda y por lo tanto es un héroe trágico. Ni después de muerto obtiene todas las respuestas para armar su propio  puzle personal.  Y no las obtiene porque no puede haberlas. No hay ni explicación ni justificación alguna para tanto dolor y tantas muertes, para tanta esterilidad, venganza y tierra yerma; para tanto odio, tanta maldad.  Todos llevan su dolor a cuestas", tal como han dicho otros que han escrito sobre esta obra.  Y  yo afirmo, también lo hace el propio autor, también él lo lleva y escribir, para él, ha sido una necesidad..

 Juan Rulfo   desparrama su propio dolor entre sus personajes fantasmales, almas en pena,  parlanchinas a quien más, pero que al final, no podrán narrar  lo inenarrable. La producción literaria innovadora  de Juan Rulfo se  concentra en tres títulos:  "El llano en Llamas", "Pedro Páramo"  y "EL gallo de oro".  No puede haber más porque  eso sería por un lado, revivir el trauma insuperado, -aliviado, sí, pero no superado o  trascendido- escarbar en la herida abierta -incluso, llegar a  regodearse morbosamente en el dolor- y  por otro,  Juan Rulfo no es amigo ni de las redundancias ni de las repeticiones;  su lenguaje es poético, local y conciso.    Ha depurado el texto   al máximo, a lo puramente esencial y eso da mucha más fuerza a su vibrante prosa. Esta novela en la edición  no comentada que manejo tiene sólo 115 páginas.


"Allá me oirás mejor  (....)"

"Allá hallarás mi querencia -le dice Dolores Preciado a su hijo- El lugar que yo quise. Donde los sueños se enflaquecieron. Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana;  el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, dónde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida".



El recuerdo idealizado de la madre,  esa visión edénica,  va a colisionar y  desintegrarse en la realidad vivida por  su hijo, Juan Preciado,   quien sin  poder retornar al paraíso prometido por la madre, tampoco es  capaz de  respirar;   le faltó el aire: "tuve que sorber el propio aire que salía de mi boca (...)";  a quien los  murmullos de Comala terminaron matando,  tal  como  dice  el ánima de Juan   a Dorotea  en el sepulcro: "Me mataron los murmullos. Aunque ya tenía retrasado el miedo. Se me había venido juntando, hasta que ya no pude soportarlo. Y cuando me encontré con los murmullos se me reventaron las cuerdas".

Quizás la gran  diferencia entre  Juan Rulfo y su personaje Juan Preciado sea esta:  que el autor siguiera  en el mundo de los vivos, redimido -aunque lo fuera parcialmente-  por el poder de ejercer  la literatura como vía de sublimación que frena o  impide  la autodestrucción y la locura. En cambio, Juan Preciado sucumbió al drama de su vida  convirtiéndose  indiscutiblemente en un héroe trágico.


Contribución a la lectura colectiva virtual que hacemos bajo la conducción de Pedro Ojeda desde su blog: La Acequia   © Myriam Goldenberg


Fotografías: por Juan Rulfo, tomadas de la red

"Pedro Páramo" de Juan Rulfo, Ed. Eterna Cadencia, Argentina, 2016.
  
Bibliografía especializada consultada, aquí (además de la enlazada en el texto)