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Wednesday, March 17, 2021

Este jueves, un relato: "Al otro lado de la puerta", el terror (Homenaje a Edgar Allan Poe)

 

 La casa de Edgar Allan Poe/Deviantart/ Autor: Sit by me and sea

 Convocatoria de Magade Qamar desde su blog "La trastienda del pecado"

 

Desde siempre me había llamado la atención la fachada de la antigua casa victoriana, la muy célebre y lúgubre Mansión Usher, en el barrio de Boston, EEUU.   Acababa de regresar  al país y a mi hogar de una campaña de excavación  en Saqqara, Egipto, donde había trabajado  en el equipo del eminente arqueólogo Zahi Hawas y aún tenía  en mi maleta el gato embalsamado que  me había traído  de contrabando y así como un bello escarabajo  de oro puro, que contenía en su interior enrrollado un conjuro mágico escrito en jeroglíficos.  No suelo hacer esas cosas pero después de cuarenta años en la profesión y a punto de jubilarme, deseaba guardar algún recuerdo de mi trabajo, más que nada como legado a mis hijos y nietos.  Aunque cansado, me di un baño caliente, acicalé mi barba blanca, me perfumé  y vestí con el  traje que mi abuelo me había dejado de recuerdo, que al ponérmelo me transportaba a otro tiempo. Encendí la pipa y mirando hacia  el exterior, me senté a fumarla  en el sillón; el mismo que  le gustaba a mi abuelo  y que  había  acaparado para sí cuando vivía. ¡Debo ir a esa casa!, sí.... a esa, a "la mansión Usher",  me dije, sé que su dueño  Don  Roderick Usher  fue un buen  amigo  de mi abuelo que también lo había sido  de E. A. Poe. Lentamente fui sumergiéndome  en  una densa niebla  que  ingresó veloz  por la ventana abierta y  todo lo cubrió.  Horrorizado tomé mi abrigo y mi galera y salí con premura  hacia  la calle. Con pasos agitados caminé mientras percibía entre la niebla, una humedad rojiza con  un tufo pesado y  grasiento. Tropecé con un carro de castañas. "¡Ürgeme llegar a esa casa!". Sé que guarda un secreto que debo desenmarañar.

Después de haber cruzado cinco calles en dirección Norte, antes de llegar al Fenway Garden  doblé a la derecha y caminé con pasos apresurados pero torpes hasta cruzar otras siete calles.  Ya  podía percibir  la cercanía de la mansión Usher antes del derrumbe, cuando todavía se  erguía digna y majestuosa, aunque  por dentro la impregnara el moho. Toqué la aldaba con fuerza y un mayordomo sombrío,  adusto y flaco abrió la puerta. Traspasé el umbral, la niebla se coló en el interior envuelta en mi persona. Traté de sacudírmela. Fue imposible.  Resbalé en la escalera que subía hacia el salón principal y di con mis huesos en el piso, al incorporarme, entre la niebla, sentada en uno de los escalones estaba ella, Madelaine -la hermana  melliza de Roderick-,  que con su lánguida mirada y patética sonrisa espectral me miraba desde las cuencas vacías de sus ojos. Sus ropajes blancos de lino  estaban totalmente deshilachados y manchados con  tierra  mezclada con  sangre que  dibujaba diseños macabros sobre su regazo, sin embargo esto no parecía importarle. Ella  me miraba sin verme porque me sabía allí. Esquivándola, volví a subir.  Ya arriba en el salón,  reía histéricamente Roderick Usher, con una carcajada diabólica y mezquina.  Apresurado me desvié  hacia el cuarto de baño,  en la bañera a medio llenar me miraba sorprendido un pulpo.  Desabrochéme la bragueta   y asomóse el pene, pero  no emboqué donde debía en parte porque el pulso me temblaba, en parte porque casi no veía.  Mientras me aliviaba, el azorado pulpo recibió en su cabeza una lluvia dorada de orines espumantes. Como la  niebla  se hacía más densa,  logré apretarla en el baño y quedó acompañando al pobre pulpo.  Volví al salón. Era la hora del te.  Algo compuesto, ahora sí, Roderick me dio la bienvenida y tomé asiento.


John Tenniel illustration for Edgar Allan Poe's "The Raven."

Graznó un cuervo revoloteando sin ton ni son y luego se posó sobre la mesa desde donde procedió  hambriento a observarme. Acurrucado en  el sillón de pana roja, recordé los ojos de Madelaine que no estaban en sus cuencas y tuve mucho miedo de perder los míos. Roderick ya no reía, balbuceaba frases incoherentes y sudaba.  Traté de que  distrajera al cuervo, que al acecho,   esperaba frente a mi. Saqué el escarabajo de oro de mi bolsillo y se lo ofrecí, nervioso, con el afán de distraerlo.    El cuervo abrió el pico y lo engulló de una. Al rato, el estúpido pajarraco  se transformó en un gato negro que  pasó a pantera y luego a boa constrictor. Lo que siguió fue muy rápido, la boa se lanzó hacia mi envolvente y me atrapó, mientras la maldición de las tumbas excavadas de Saqqara hacía su efecto, sentí  mi  cuerpo triturarse poco a poco en ese  abrazo. 

Luego vino  la hecatombe. La mansión  Usher se desplomó entre una nube de polvo y un gran estruendo como si la hubieran dinamitado.

Quedamos pues todos, sin  remedio, como despojos muertos y  enterrados hasta que un arqueólogo del futuro, si acaso,  se digne  rescatarnos.


Recreación de:

The fall of de house Usher by Edgar Allan Poe

Con guiños a:

El escarabajo de oro 

El cuervo

El gato negro


Monday, March 23, 2020

El barril de amontillado, cuento por Edgar Allan Poe, 1846




El barril de amontillado
(“The Cask of Amontillado”, 1846)
Originalmente publicado in Godey’s Lady’s Book (noviembre 1846)



      Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.

       Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a Fortunato para dudar de mi buena disposición. Tal como me lo había propuesto, seguí sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa procedía, ahora, de la idea de su inmolación.


       Un punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de respetar y aun de temer. Enorgullecíase de ser un connaisseur en materia de vinos. Pocos italianos poseen la capacidad del verdadero virtuoso. En su mayor parte, el entusiasmo que fingen se adapta al momento y a la oportunidad, a fin de engañar a los millonarios ingleses y austriacos. En pintura y en alhajas Fortunato era un impostor, como todos sus compatriotas; pero en lo referente a vinos añejos procedía con sinceridad. No era yo diferente de él en este sentido; experto en vendimias italianas, compraba con largueza todos los vinos que podía.
       Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura más extrema, cuando encontré a mi amigo. Acercóseme con excesiva cordialidad, pues había estado bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón, llevaba un ajustado traje a rayas y lucía en la cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan contento al verle, que me pareció que no terminaría nunca de estrechar su mano.
       —Mi querido Fortunato —le dije—, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué buen semblante tienes! Figúrate que acabo de recibir un barril de vino que pasa por amontillado, pero tengo mis dudas.
       —¿Cómo? —exclamó Fortunato—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a mitad de carnaval…!
       —Tengo mis dudas —insistí—, pero he sido lo bastante tonto como para pagar su precio sin consultarte antes. No pude dar contigo y tenía miedo de echar a perder un buen negocio.
       —¡Amontillado!
       —Tengo mis dudas.
       —¡Amontillado!
       —Y quiero salir de ellas.
       —¡Amontillado!
       —Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido crítico, es él. Me dirá que…
       —Lucresi es incapaz de distinguir entre amontillado y jerez.
       —Y sin embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.
       —¡Ven! ¡Vamos!
       —¿Adónde?
       —A tu bodega.
       —No, amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás ocupado, y Lucresi…
       —No tengo nada que hacer; vamos.
       —No, amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte catarro. Las criptas son terriblemente húmedas y están cubiertas de salitre.
       —Vamos lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar. En cuanto a Lucresi, es incapaz de distinguir entre jerez y amontillado.
       Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome una roquelaure, dejé que me llevara apresuradamente a mi palazzo.
       No encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar alegremente el carnaval. Como les había dicho que no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes expresas de no moverse de casa, estaba bien seguro de que todos ellos se habían marchado de inmediato apenas les hube vuelto la espalda.
       Saqué dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a través de múltiples habitaciones hasta la arcada que daba acceso a las criptas. Descendimos una larga escalera de caracol, mientras yo recomendaba a mi amigo que bajara con precaución. Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el húmedo suelo de las catacumbas de los Montresors.
       Mi amigo caminaba tambaleándose, y al moverse tintinearon los cascabeles de su gorro.
       —El barril —dijo.
       —Está más delante —contesté—, pero observa las blancas telarañas que brillan en las paredes de estas cavernas.
       Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el flujo de su embriaguez.
       —¿Salitre? —preguntó, después de un momento.
       —Salitre —repuse—. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
       El violento acceso impidió a mi pobre amigo contestarme durante varios minutos.
       —No es nada —dijo por fin.
       —Vamos —declaré con decisión—. Volvámonos; tu salud es preciosa. Eres rico, respetado, admirado, querido; eres feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición sería lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso. Volvamos, pues, de lo contrario, te enfermarás y no quiero tener esa responsabilidad. Además está Lucresi, que…
       —¡Basta! —dijo Fortunato—. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a morir de un acceso de tos.
       —Ciertamente que no —repuse—. No quería alarmarte innecesariamente. Un trago de este Medoc nos protegerá de la humedad.
       Rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma clase colocada en el suelo.
       —Bebe —agregué, presentándole el vino.
       Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me hizo un gesto familiar, mientras tintineaban sus cascabeles.
       —Brindo —dijo— por los enterrados que reposan en torno de nosotros.
       —Y yo brindo por que tengas una larga vida.
       Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante.
       —Estas criptas son enormes —observó Fortunato.
       —Los Montresors —repliqué— fueron una distinguida y numerosa familia.
       —He olvidado vuestras armas.
       —Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante, cuyas garras se hunden en el talón.
       —¿Y el lema?
       —Nemo me impune lacessit.
       —¡Muy bien! —dijo Fortunato.
       Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc había estimulado también mi fantasía. Dejamos atrás largos muros formados por esqueletos apilados, entre los cuales aparecían también barriles y pipas, hasta llegar a la parte más recóndita de las catacumbas. Me detuve otra vez, atreviéndome ahora a tomar del brazo a Fortunato por encima del codo.


       —¡Mira cómo el salitre va en aumento! —dije—. Abunda como el moho en las criptas. Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los huesos… Ven, volvámonos antes de que sea demasiado tarde. La tos…
       —No es nada —dijo Fortunato—. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro trago de Medoc.
       Rompí el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciolo de un trago y sus ojos se llenaron de una luz salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba, gesticulando en una forma que no entendí.
       Lo miré, sorprendido. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
       —¿No comprendes?
       —No —repuse.
       —Entonces no eres de la hermandad.
       —¿Cómo?
       —No eres un masón.
       —¡Oh, sí! —exclamé—. ¡Sí lo soy!
       —¿Tú, un masón? ¡Imposible!
       —Un masón —insistí.
       —Haz un signo —dijo él—. Un signo.
       —Mira —repuse, extrayendo de entre los pliegues de mi roquelaure una pala de albañil.
       —Te estás burlando —exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos—. Pero vamos a ver ese amontillado.
       —Puesto que lo quieres —dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra vez mi brazo a Fortunato, que se apoyó pesadamente. Continuamos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy bajos, descendimos, seguimos adelante y, luego de bajar otra vez, llegamos a una profunda cripta, donde el aire estaba tan viciado que nuestras antorchas dejaron de llamear y apenas alumbraban.


       En el extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus paredes se habían apilado restos humanos que subían hasta la bóveda, como puede verse en las grandes catacumbas de París. Tres lados de esa cripta interior aparecían ornamentados de esta manera. En el cuarto, los huesos se habían desplomado y yacían dispersos en el suelo, formando en una parte un amontonamiento bastante grande. Dentro del muro así expuesto por la caída de los huesos, vimos otra cripta o nicho interior, cuya profundidad sería de unos cuatro pies, mientras su ancho era de tres y su alto de seis o siete. Parecía haber sido construida sin ningún propósito especial, ya que sólo constituía el intervalo entre dos de los colosales soportes del techo de las catacumbas, y formaba su parte posterior la pared, de sólido granito, que las limitaba.


       Fue inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo hondo del nicho. La débil luz no permitía adivinar dónde terminaba.
       —Continúa —dije—. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi…
       —Es un ignorante —interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y yo le seguía pegado a sus talones. En un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que la roca interrumpía su marcha, se detuvo como atontado. Un segundo más tarde quedaba encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro, separadas horizontalmente por unos dos pies. De una de ellas colgaba una cadena corta; de la otra, un candado. Pasándole la cadena alrededor de la cintura, me bastaron apenas unos segundos para aherrojarlo. Demasiado estupefacto estaba para resistirse. Extraje la llave y salí del nicho.
       —Pasa tu mano por la pared —dije— y sentirás el salitre. Te aseguro que hay mucha humedad. Una vez más, te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues entonces, tendré que dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos mis servicios.


       —¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había vuelto aún de su estupefacción.
       —Es cierto —repliqué—. El amontillado.
       Mientras decía esas palabras, fui hasta el montón de huesos de que ya he hablado. Echándolos a un lado, puse en descubierto una cantidad de bloques de piedra y de mortero. Con estos materiales y con ayuda de mi pala de albañil comencé vigorosamente a cerrar la entrada del nicho.


       Apenas había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la embriaguez de Fortunato se había disipado en buena parte. La primera indicación nació de un quejido profundo que venía de lo hondo del nicho. No era el grito de un borracho. Siguió un largo y obstinado silencio. Puse la segunda hilera, la tercera y la cuarta; entonces oí la furiosa vibración de la cadena. El ruido duró varios minutos, durante los cuales, y para poder escucharlo con más comodidad, interrumpí mi labor y me senté sobre los huesos. Cuando, por fin, cesó el resonar de la cadena, tomé de nuevo mi pala y terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared me llegaba ahora hasta el pecho. Detúveme nuevamente y, alzando la antorcha sobre la mampostería, proyecté sus débiles rayos sobre la figura allí encerrada.


       Una sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la garganta de aquella forma encadenada, me hicieron retroceder con violencia. Vacilé un instante y temblé. Desenvainando mi espada, me puse a tantear con ella el interior del nicho, pero me bastó una rápida reflexión para tranquilizarme. Apoyé la mano sobre la sólida muralla de la catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho y contesté con mis alaridos a aquel que clamaba. Fui su eco, lo ayudé, lo sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo hice, y sus gritos acabaron por cesar.


       Ya era medianoche y mi tarea llegaba a su término. Había completado la octava, la novena y la décima hilera. Terminé una parte de la undécima y última; sólo quedaba por colocar y fijar una sola piedra. Luché con su peso y la coloqué parcialmente en posición. Pero entonces brotó desde el nicho una risa apagada que hizo erizar mis cabellos. La sucedió una voz lamentable, en la que me costó reconocer la del noble Fortunato.
       —¡Ja, ja… ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto… una excelente broma…! ¡Cómo vamos a reírnos en el palazzo… ja, ja… mientras bebamos… ja, ja!


       —¡El amontillado! —dije.
       —¡Ja, ja…! ¡Sí… el amontillado…! Pero… ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán esperando en el palazzo… mi esposa y los demás? ¡Vámonos!
       —Sí —dije—. Vámonos.
       —¡Por el amor de Dios, Montresor!
       —Sí —dije—. Por el amor de Dios.
       Esperé en vano la respuesta a mis palabras. Me impacienté y llamé en voz alta:
       —¡Fortunato!
       Silencio. Llamé otra vez.
       —¡Fortunato!


       No hubo respuesta. Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo me fue devuelto un tintinear de cascabeles. Sentí que una náusea me envolvía; su causa era la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Puse la última piedra en su sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva mampostería volví a alzar la antigua pila de huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!




Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)




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