La casa de Edgar Allan Poe/Deviantart/ Autor: Sit by me and sea
Convocatoria de Magade Qamar desde su blog "La trastienda del pecado"
Desde siempre me había llamado la atención la fachada de la antigua casa victoriana, la muy célebre y lúgubre Mansión Usher, en el barrio de Boston, EEUU. Acababa de regresar al país y a mi hogar de una campaña de excavación en Saqqara, Egipto, donde había trabajado en el equipo del eminente arqueólogo Zahi Hawas y aún tenía en mi maleta el gato embalsamado que me había traído de contrabando y así como un bello escarabajo de oro puro, que contenía en su interior enrrollado un conjuro mágico escrito en jeroglíficos. No suelo hacer esas cosas pero después de cuarenta años en la profesión y a punto de jubilarme, deseaba guardar algún recuerdo de mi trabajo, más que nada como legado a mis hijos y nietos. Aunque cansado, me di un baño caliente, acicalé mi barba blanca, me perfumé y vestí con el traje que mi abuelo me había dejado de recuerdo, que al ponérmelo me transportaba a otro tiempo. Encendí la pipa y mirando hacia el exterior, me senté a fumarla en el sillón; el mismo que le gustaba a mi abuelo y que había acaparado para sí cuando vivía. ¡Debo ir a esa casa!, sí.... a esa, a "la mansión Usher", me dije, sé que su dueño Don Roderick Usher fue un buen amigo de mi abuelo que también lo había sido de E. A. Poe. Lentamente fui sumergiéndome en una densa niebla que ingresó veloz por la ventana abierta y todo lo cubrió. Horrorizado tomé mi abrigo y mi galera y salí con premura hacia la calle. Con pasos agitados caminé mientras percibía entre la niebla, una humedad rojiza con un tufo pesado y grasiento. Tropecé con un carro de castañas. "¡Ürgeme llegar a esa casa!". Sé que guarda un secreto que debo desenmarañar.
Después de haber cruzado cinco calles en dirección Norte, antes de llegar al Fenway Garden doblé a la derecha y caminé con pasos apresurados pero torpes hasta cruzar otras siete calles. Ya podía percibir la cercanía de la mansión Usher antes del derrumbe, cuando todavía se erguía digna y majestuosa, aunque por dentro la impregnara el moho. Toqué la aldaba con fuerza y un mayordomo sombrío, adusto y flaco abrió la puerta. Traspasé el umbral, la niebla se coló en el interior envuelta en mi persona. Traté de sacudírmela. Fue imposible. Resbalé en la escalera que subía hacia el salón principal y di con mis huesos en el piso, al incorporarme, entre la niebla, sentada en uno de los escalones estaba ella, Madelaine -la hermana melliza de Roderick-, que con su lánguida mirada y patética sonrisa espectral me miraba desde las cuencas vacías de sus ojos. Sus ropajes blancos de lino estaban totalmente deshilachados y manchados con tierra mezclada con sangre que dibujaba diseños macabros sobre su regazo, sin embargo esto no parecía importarle. Ella me miraba sin verme porque me sabía allí. Esquivándola, volví a subir. Ya arriba en el salón, reía histéricamente Roderick Usher, con una carcajada diabólica y mezquina. Apresurado me desvié hacia el cuarto de baño, en la bañera a medio llenar me miraba sorprendido un pulpo. Desabrochéme la bragueta y asomóse el pene, pero no emboqué donde debía en parte porque el pulso me temblaba, en parte porque casi no veía. Mientras me aliviaba, el azorado pulpo recibió en su cabeza una lluvia dorada de orines espumantes. Como la niebla se hacía más densa, logré apretarla en el baño y quedó acompañando al pobre pulpo. Volví al salón. Era la hora del te. Algo compuesto, ahora sí, Roderick me dio la bienvenida y tomé asiento.
Graznó un cuervo revoloteando sin ton ni son y luego se posó sobre la mesa desde donde procedió hambriento a observarme. Acurrucado en el sillón de pana roja, recordé los ojos de Madelaine que no estaban en sus cuencas y tuve mucho miedo de perder los míos. Roderick ya no reía, balbuceaba frases incoherentes y sudaba. Traté de que distrajera al cuervo, que al acecho, esperaba frente a mi. Saqué el escarabajo de oro de mi bolsillo y se lo ofrecí, nervioso, con el afán de distraerlo. El cuervo abrió el pico y lo engulló de una. Al rato, el estúpido pajarraco se transformó en un gato negro que pasó a pantera y luego a boa constrictor. Lo que siguió fue muy rápido, la boa se lanzó hacia mi envolvente y me atrapó, mientras la maldición de las tumbas excavadas de Saqqara hacía su efecto, sentí mi cuerpo triturarse poco a poco en ese abrazo.
Luego vino la hecatombe. La mansión Usher se desplomó entre una nube de polvo y un gran estruendo como si la hubieran dinamitado.
Quedamos pues todos, sin remedio, como despojos muertos y enterrados hasta que un arqueólogo del futuro, si acaso, se digne rescatarnos.
Recreación de:
The fall of de house Usher by Edgar Allan Poe
Con guiños a:
El escarabajo de oro
El cuervo
El gato negro

