Sunday, July 5, 2020

Bienvenidos a la Convocatoria para los relatos del jueves 9 de Julio: "Camino, sendero o ruta"

Queridos amigos como me toca  anfitrionar los relatos de este jueves 9 de Julio, los convoco a que escribamos  sobre   el camino, sendero o ruta que nos lleve real o imaginariamente a nosotros o a nuestros personajes a un lugar (externo al invividuo) a un cambio  de vida; a una época pasada, presente o futura; cerca  o lejos;  a pie o por cualquier medio de transporte;  teniendo en cuenta que no importa tanto el destino como el trayecto, que el camino -sabemos- se hace al andar. Pueden ilustrar el texto con imágenes propias o elegir alguna de estas que he tomado de  la red:













































 Los espero  con mucho entusiasmo desde el miércoles  8 a inclusive  el viernes 10 hasta las 24 hs (hora de España) y no olviden dejarme los enlaces  a vuestros  relatos  de alrededor 350 palabras en esta entrada.  El  Sábado 11 cierro la convocatoria y paso el testigo al próximo anfitrión que convocará el domingo. Muchas gracias y abrazos a todos.




Wednesday, July 1, 2020

Este jueves un relato: "La escalera" y los eficientes limpiavidrios




Hacía dos años que venían planeándolo en detalle. Para tal fin los tres compañeros habían fundado la empresa y eran muy solicitados por su pericia profesional. No había vidrio que se les resistiera y siempre lo dejaban reluciente. Especialmente versados eran en el uso óptimo de la escalera y el secador. Siempre con alegría y buen humor, canción va, canción viene.

Por eso, Don Gervasio, jefe de mantenimiento de la  propiedad    "Los Girasoles", también contrató sin dudarlo siquiera a la  empresa "Limpiafix Rapidix", la novedosa, efectiva y rápida empresa de limpiavidrios de la que todos no decían más que maravillas.

Y pasó que en la noche de San Juan, mientras todo el vecindario bailaba, alegre y despreocupado,  en torno a las fogatas en la playa  o en la plaza,  los tres expertos tan bien mentados limpiaron  a fondo las casas. No quedó caja fuerte sin abrir  ni vaciar. Ni obra de arte en pared alguna. Ni alhajas en alhajeros, sin olvidar   tampoco las computadoras, televisores y equipos de música que se llevaron sin más.

Y allá van muy campantes en un  anodino camión  de mudanza por la carretera 51 rumbo Norte  hacia la próxima ciudad que gentilmente los acoja.



Convocatoria de María José Moreno desde su blog "Lugar de encuentro" con el tema "La escalera"-


Las imágenes son de la red y elegidas al azar


Monday, June 29, 2020

Ana Comneno (1083- ¿1153?) Princesa bizantina, académica, médica, directora de hospital, filósofa e historiadora.



Ana Comneno nació en el Gran Palacio de Constantinopla  como   la hija primogénita  del Emperador Alejo I Comneno y de su mujer Irene Ducas, recibió una esmerada educación que la convirtió en erudita en literatura bizantina, historia, geografía, mitología, e incluso filosofía. Se casó en 1097 con Nicéforo Brienio, hijo de un antiguo pretendiente al trono imperial. Intrigó junto con su madre, Irene Ducas, para conseguir que el emperador Alejo I nombrara sucesor a su marido en lugar de su hermano Juan. Al acceder al trono su hermano Juan II Comneno, Ana y su madre se retiraron a un monasterio. Allí, Ana escribió La Alexiada, historia en griego del reinado de su padre, Alejo I, en quince libros. La obra, que fue terminada en 1148, relata la carrera política de su padre desde 1069 hasta su muerte en 1118. Es la continuación de la historia que su marido, Nicéforo Brienio, había comenzado a escribir, y se había interrumpido a su muerte, en 1137. 

La Familia y sus primeros años

Ana nació en la cámara de pórfido del palacio imperial de Constantinopla, la “cámara de la púrpura”, color que sólo los emperadores bizantinos podían utilizar; por lo tanto se la podía denominar ‘porfirogénita’. Era la mayor de siete hijos. 

Aunque se la formó cuidadosamente en historia, matemáticas, ciencias y filosofía griega, sus padres le prohibieron el estudio de poesía antigua -en la que se glorificaba a dioses lujuriosos y mujeres no castas- ya que encontraban que su estudio era inapropiado e incluso peligroso para una mujer joven de su clase. A pesar de los intentos realizados por sus padres para impedírselo, Ana estudió furtivamente la poesía antigua con uno de los eunucos imperiales. Así, Ana recibió una educación extraordinaria que hizo de ella una de las mujeres mejor educadas de su época.

Ana demostró ser capaz no solo a nivel intelectual sino también en asuntos prácticos. Su padre la puso a cargo de un gran hospital y orfanato que él construyó para que ella administrara en Constantinopla. Se dijo que el hospital tenía camas para 10,000 pacientes y huérfanos. Ana enseñó medicina en el hospital, así como en otros hospitales y orfanatos. Fue considerada una experta en gota. Anna trató a su padre durante su enfermedad final.



 Esponsales y boda

Tal y como era habitual en la nobleza en el Medievo, Ana fue prometida en la infancia, debería casarse con Constantino Ducas, el hijo del emperador Miguel VII y María de Alania. Dado que en el momento del compromiso el emperador Alejo I Comneno no tenía hijos varones que pudieran heredar el trono, el joven Constantino fue proclamado coemperador del Imperio bizantino. Sin embargo en 1087 nació Juan II, con lo que Constantino perdió el derecho al trono. Murió al poco tiempo y Ana en breve fue prometida a su futuro esposo. 

En 1097 con 14 años Ana se casó con un brillante joven noble, el césar Nicéforo Brienio. Nicéforo era el hijo de una familia aristocrática que había competido con Alejo I por la  ascensión al trono. Nicéforo era también un reconocido hombre de estado, general e historiador. Ana indica que su matrimonio fue más una unión política que una cuestión de amor. Sin embargo en su mayor parte probó ser una unión provechosa durante 40 años y de la que nacieron cuatro niños: Alejo Comneno, Juan Ducas, Irene Ducaina y María Briennio Comneno.

Reivindicación del trono

Desde su infancia Ana supuso que algún día heredaría el trono, un sueño del que despertaría con el nacimiento de su hermano. Pese a todo, las ansias de poder de Ana no le dejaron aceptar el ascenso al trono por parte de su hermano. Ana consideró que ella y su marido deberían asumir el título de emperadores. Así la pareja conspiró junto con su madre Irene Ducas para desheredar a su hermano y dar la corona al marido de Ana. En aquellos momentos su padre Alejo I era débil y estaba enfermo. Sin embargo su conspiración no tuvo éxito y en 1118 Juan II ascendió al trono.  En su obra en ningún momento habla de este intento de tomar el poder del Imperio y poco o nada  nombra a su hermano al que debía, con seguridad, odiar.

Los intentos de Ana por usurpar la corona imperial persistieron y en 1118 nuevamente tramó deponer a su hermano y poner en su lugar a su esposo Nicéforo. Sin embargo, nuevamente el plan no tuvo éxito, debido a que Nicéforo en el último momento se negó a colaborar. Enfadada y decepcionada por la debilidad de su marido, Ana dijo que “la Naturaleza se ha equivocado en los sexos, ya que él debería haber sido una mujer”. El complot se descubrió y Ana tuvo que renunciar a sus propiedades y a su estatus familiar y así mismo, obligada a exiliarse al monasterio de Kecharitomenene (Lleno de Gracia), que su madre había fundado. La madre y su hermana Eudoxia fueron con ella. Irónicamente, Nicéforo permaneció en el palacio real y se convirtió en uno de los más fieles consejeros del emperador  Juan II, muriendo en el año 1137. 



Historiadora

En el recogimiento del monasterio, Ana se dedicó al estudio de la filosofía y la historia. Atendió reuniones intelectuales, incluyendo algunas dedicadas al estudio de Aristóteles. El genio intelectual y su hambre de saber es evidente en sus trabajos. Entre otras cosas, estaba versada en filosofía, gramática, teología, astronomía y medicina. Algo que se infiere del estudio de su obra más celebrada La Alexiada, en la que cita pasajes de Homero o de la Biblia, pese a cometer pequeños errores en dichas citas. Sus contemporáneos, tales como el obispo metropolitano de Éfeso, Jorge Torniques, considera a Ana como una persona que ha alcanzado “las más altas cimas de la sabiduría, tanto laicas como divinas”. 

Como historiador, Nicéforo Briennio había escrito un ensayo denominado “Material para la historia”, centrado en el reinado de Alejo I. Murió en 1137  antes de acabar su trabajo. A la edad de 55, Ana se impuso acabar el trabajo de su marido, denominándolo La Alexiada, la historia de la vida de su padre y su reinado (1081–1118). La Alexiada es hoy la fuente principal de la historia y política bizantina de finales del siglo XI y principios del XII. 




En La Alexiada, Ana da una visión de las relaciones políticas entre Alejo I y los occidentales. Describe vívidamente el armamento, las tácticas y las batallas. Debe tenerse en cuenta que ella escribe sobre sucesos que tuvieron lugar cuando era una niña, y que no podía recordar como testigo. Su neutralidad queda comprometida ya que escribe con el fin de loar a su padre y denigrar a su sucesor  (su hermano Juan II). A pesar de su parcialidad, su descripción de la Primera Cruzada es de gran valor para la historia ya que es la única descripción que se tiene realizada desde el punto de vista griego bizantino, puesto que ella  recoge el punto de vista de figuras clave de la élite griega. Su marido Nicéforo Briennio había luchado en el conflicto que surgió con el jefe cruzado Godofredo de Bouillón a las afueras de Constantinopla en Martes Santo de 1097. Su tío Jorge Paleólogo estaba presente en Pelkano en junio de 1097 cuando Alejo I discutió la futura estrategia de los cruzados.  Además de  permitir  observar la cruzada desde una perspectiva bizantina, La Alexiada transmite efectivamente la alarma que se sintió con la llegada de las fuerzas europeas a través del imperio Bizantino, y los peligros en que pusieron la seguridad de Constantinopla

Recordemos aquí que los bizantinos se creían herederos de Roma y por lo tanto se llamaban a sí mismos romanos, llamando a los demás pueblos bárbaros. 

Digno de mencionar es el retrato que hace Ana Comneno del cruzado Bohemundo de Tarento, normando del sur de Italia, quien bajo la jefatura de su padre Roberto Guiscardo, había invadido parte del territorio bizantino en los Balcanes en 1081. Aunque lo considera un bárbaro y hace de él “el malo” en su obra, por la enemistad con su padre así como su conquista de Antioquía, antigua ciudad bizantina, hay más de una insinuación de estar encaprichada con él. Ana Comneno ha identificado por primera vez en La Alexiada, los valacos de los Balcanes con los dacios y los búlgaros con los tracios.  El libro igualmente contribuye a comprender la mentalidad femenina de la época así, como del mundo bizantino en el que se desarrolla su historia. 

El estilo literario de Ana Comneno sigue el de Tucídides, Polibio o Jenofonte. Consecuentemente, al mostrar el aticismo que imperaba en la literatura de aquel período, resulta de todo ello un lenguaje bastante artificial. En su mayor parte, la cronología de los eventos es correcta, excepto en aquellos que transcurren cuando Ana ya está en el monasterio, cuando ya no tiene acceso a los archivos imperiales. Sin embargo, su historia alcanza los patrones de la época. 

La fecha exacta de la muerte de Ana no se sabe. Se infiere de La Alexiada que vivía aún en 1148. Sin embargo La Alexiada muestra perfectamente el torbellino emocional de Ana. Indica que apenas nadie podía verla y que muchos la odiaban. Del mismo modo, odiaba su posición aislada en la sociedad a la que se había visto abocada por el exilio.


 La Alexiada  por Ana Comneno, trad al español por  Emilio Díaz Rolando


Quien sabe que clase de monarca hubiera sido de haber podido llevar  Ana Comneno la corona,  aun habiendo estado en la cabeza del marido, que intuyo le hubiera dejado el mando a ella.   Entiendo su amargura,  fue la primogénita pero su hermano, que nació segundo, se llevó la corona sólo por ser  varón, no importa cuán preparada estuviera ella.  (Al parecer Juan fue un buen  emperador que aseguró los territorios del Imperio y protegió sus fronteras).


Las fuentes están enlazadas en el texto.




Saturday, June 27, 2020

25 años de “Los puentes de Madison”: los secretos de una gran historia de amor y la intimidad de una escena inmortal, artículo escrito por Matías Bauso

Los problemas para encontrar un director. Cuando Robert Redford casi le quita el protagónico a Clint Eastwood. El rechazo y las dudas de Meryl Streep. Los cambios claves que hicieron al libreto. La decisión de filmar casi sin ensayos. Y el paso a paso de un final que aún hoy estremece.

 

Robert James Waller había sido profesor universitario toda su vida. Llegó a ser el decano de la Facultad de Economía de Indiana. Pero luego de décadas de labor, cuando pisaba sus cincuenta años, decidió retirarse y dedicarse a sus aficiones: la fotografía y la música. Dos años después se convertiría en un fenómeno global pero en otra rama del arte. Su libro, Los puentes de Madison, se transformó en un best seller abrumador. Dos años encabezando los rankings con millones de copias vendidas de un texto escrito en solo once días.

La inspiración para la obra provino de diferentes fuentes. Por un lado, un viaje de Waller con un amigo para fotografiar los puentes de Madison. Argumentalmente la novela es deudora evidente de una obra teatral de Noel Coward que luego fue adaptada al cine por David Lean como Breve encuentro. Antes de ser editado el libro, Amblin, la productora de Steven Spielberg, compró los derechos cinematográficos por 25 mil dólares. Algo habitual en Hollywood; una apuesta que se convirtió en un gran negocio.

La novela fue un éxito fenomenal, y la adaptación cinematográfica se convirtió casi en una obligación. Spielberg quería dirigirla. Mientras se terminaba el guión eligió al protagonista masculino: Clint Eastwood. Kincaid en la novela parecía haber sido descrito mirando una foto de Eastwood, aunque el actor era más grande. En realidad, Waller se describió a sí mismo (al menos como él se veía).

Eastwood aceptó de inmediato la invitación de Spielberg. Mantenían una relación de amistad desde principios de los setenta, pero la primera vez que iban a trabajar juntos en cine (Clint había dirigido un capítulo de las Historias asombrosas televisivas en 1985). Eastwood exigió ser, también, coproductor. Pero Spielberg fue absorbido por La lista de Schindler. Ese proyecto le llevó mucho más tiempo que el calculado.

Spielberg buscó otro director. Sidney Pollack se mostró interesado y empezó a trabajar. Pero Pollack no quería saber nada con Eastwood; su actor era Robert Redford. Después de varios meses Redford y Pollack se retiraron de la película, que otra vez quedó vacante.


La historia seducía a varios nombres rutilantes. El éxito del libro era tan grande que se volvía evidente que la película iba a funcionar en taquilla. El siguiente en tomar el mando fue Bruce Beresford, que venía de ganar el Oscar con Conduciendo a Miss Daisy. Eastwood volvió a ser el protagonista. El physique du rol perfecto para Kincaid, aunque los papeles románticos no fueron lo habitual en su carrera. Muy pronto Eastwood y Beresford colisionaron. El guión que prefería el director era más fiel a la novela que el que había escrito Richard LaGravenese y que prefería el actor.

La gran disputa, sin embargo, era por el papel protagónico femenino. Beresford quería a Lena Olin o a Isabella Rosellini. Eastwood clamó por Meryl Streep. Luego de varios tironeos y de ofertas a otras actrices, llegó la propuesta a Meryl, que la rechazó. Los rumores indican que el motivo fue que no podía admitir no haber sido la primera opción. Beresford también se fue, y los directivos de Warner le ofrecieron la dirección a Clint. Él pidió 24 horas para responder. Viajó en un avión del estudio a ver unas locaciones, se aseguró de que el guion sería el de LaGravane, llamó a Meryl Streep, y exactamente un día después aceptó.

Habían pasado 22 años desde la última película de Eastwood como director con un cariz romántico, Interludio de amor protagonizada por William Holden.

Meryl aprovechó estas idas y vueltas para exigir un salario de cuatro millones de dólares y un porcentaje de los beneficios.

La película se convirtió, también, en un éxito. Y de a poco se consolidó como un clásico.
El film es muy superior al libro. La historia es similar, pero en el camino quedaron todas las líneas sentenciosas, las frases de sobrecito de azúcar, la efusividad extrema y algo afectada. El libro es directo, sin lecturas entre líneas, repleto de pasajes cursis.

Cuando la pareja tiene sexo, Kincaid susurra al oído de Francesca: “Soy el camino y un peregrino y todas las velas que fueron al mar”. ¿Alguien en su sano juicio puede imaginar a Eastwood diciendo este parlamento (y lo que es peor: diciéndolo desnudo)? El estilo seco y controlado de Clint potenció la historia. Convirtió a los personajes en queribles y verosímiles. Es más: por momentos uno piensa que hasta podría haber sido una película muda.





La otra gran decisión fue cambiar el punto de vista. La novela está construida desde el punto de vista del fotógrafo, mientras que la película la vemos desde la perspectiva de Francesca. Estos cambios (más algunos otros: como la inclusión de los hijos ya mayores, que van descubriendo la historia de la madre junto al espectador) fortalecen la historia, hacen que encuentre su verdadero tono.

A Eastwood nunca le gustó demasiado el estilo del libro, la voz solemne de la novela. Y con su habitual falta de vueltas lo dijo alguna vez. Cuando estaba filmando Medianoche en el jardín del bien y del mal (basada en una novela de John Berendt) hizo una distinción que no admite doble lecturas: “El libro de Berendt es más inteligente, está mucho mejor escrito que el de Robert James Waller, cuya prosa es demasiado florida”. Lo que lo atrapó fue la simpleza de la historia, su universalidad. Un encuentro posible entre dos personas que se descubren, que se dan cuenta de que su vida no terminó.

Es una historia de amor. Una gran historia de amor de cuatro días de duración. Kincaid es un trotamundos, solitario, fotógrafo de National Geographic, que retrata lugares, el alma de diversos lugares, con su cámara. Francesca es una ama de casa, que pasó los cuarenta años, con una vida monótona. De origen italiano, está casada desde el final de la guerra con un granjero de Iowa, un buen hombre y trabajador. Francesca postergó sus sueños. Y durante un fin de semana de 1965, en que su esposo y sus hijos se van a un feria estatal, ella conoce a Kincaid.




La película se toma su tiempo. Dura más de dos horas. Pero parece la única manera de mostrar ese romance, de ver cómo aparece la atracción, cómo se enciende el amor. Para hacernos ver que ese amor de cuatro días es para toda la vida. “Es una historia que no podés apurar, que hay que mostrar casi en tiempo real. Si no se corre el riesgo de quedarse solo con el esqueleto de una historia, con una historia muerta”, declaró Eastwood. Era la única manera de ver el conflicto interno de Francesca, sus dudas, sus temores, la manera en la que sopesa los riesgos, la ansiedad.

Las miradas, el primer roce, las risas, el baile lento en la cocina mientras en la banda sonora canta Johnny Hartman. Nada está subrayado. Los actores esquivan el exhibicionismo y la magia entre ellos ocurre gracias a esa contención. El desafío estaba en transmitir el amor y la pasión sin caer en el erotismo explosivo del Hollywood de los noventa. Acá todo es más pudoroso y contenido.

Clint Eastwood tomó una decisión clave para que esto suceda. Decidió ensayar muy poco en la etapa previa a la filmación. “Soy del linaje de John Ford y de Howard Hawks: intento que las cosas sucedan en la pantalla”, suele decir. Y diseñó el rodaje en forma cronológica. Cada escena se filmó en el orden en que aparece en la película. Supuso, con razón, que la evolución de ese vínculo entre los personajes sucedería también entre las dos estrellas.

Meryl Streep está contenida, pone por delante a Francesca antes que a su lucimiento personal. Eso produce un efecto de verdad, conmovedor. Eastwood hace lo de siempre. No hace ni una de más. Pero si uno se pone a repasar las escenas advierte que se enamora, besa, se apasiona, ríe, baila. Una gran actuación.

Streep cuenta que en la escena de la despedida en la cocina en la que Kincaid comienza a llorar, ella le reprochó a Clint haberse dado vuelta, haberle dado la espalda a la cámara. Le dijo que desperdiciaba una gran oportunidad para lucirse como intérprete. Clint la miró y respondió: “Es mucho mejor para la película que Kincaid oculte su llanto”.



Trailer


Eastwood reconocido por Harry el sucio, por la Trilogía del dólar, de Sergio Leone, y por los papeles de acción, sorprendió en este rol romántico. “A la gente le gusta encasillarme. Pero hice los Harrys, los westerns, las películas de acción, comedias. Creo que pasé por casi todos los géneros. ¿Por qué no le exigen a Dustin Hoffman que siempre haga El graduado?”.

La película tuvo que sortear un inconveniente más antes de su estreno. La calificaron como R (Restricted). Lo que reducía sensiblemente el posible público. El motivo fue porque en un momento Kincaid dice “fuck“ no como insulto sino en su acepción sexual. Eastwood apeló y triunfó. El film fue recategorizado como para mayores de 13 años (PG 13) y batió un modesto récord: fue el primero en contener esa palabra y no ser R.

El lector que llegó a este punto, que surcó tantos párrafos anteriores, lo hizo exclusivamente para leer lo que sigue, para rememorar la escena que todavía le estruja el corazón, que lo hace estremecer cada vez que la recuerda o la vuelve a ver. Acá tendría que ir el disclaimer de spoiler. Pero no lo habrá. Y los motivos son dos. Por un lado lo que motiva esta nota es el aniversario número 25 del estreno de la película: ya pasó demasiado tiempo. Por el otro, esta escena es el corazón de la película.

Ellos, los amantes, ya se despidieron. El marido ya volvió de su paseo. El matrimonio hace compras en el pueblo. Cae un diluvio. Francesca sale de un local y entra apurada a la camioneta. Espera que vuelva su marido. De pronto reconoce la camioneta de Robert Kincaid. Él baja y se para en medio de la calle mientras la lluvia cae sobre él. La mira, empapado. Se miran. Fijo. Él debe estar llorando pero no lo sabemos con certeza por culpa de la lluvia. Luego sonríe, resignado, y vuelve a su vehículo. Francesca se estremece. Pero regresa el marido y se recompone. Nadie habla. Las dos camionetas, cuando parece que se alejan, vuelven a acercarse. Los detiene un semáforo. Adelante, Kincaid. Detrás, pegada, Francesca. Ve cómo Kincaid saca de la guantera un colgante de ella y lo cuelga del espejo retrovisor. La lluvia sigue cayendo. La luz de giro titila. El semáforo cambia y le da paso. Pero Kincaid no arranca. El marido de Francesca, ignorante de lo que sucede, no se impacienta, espera con ese respeto cívico de los pueblos del interior norteamericano. 

Francesca, duda, se debate, ahora la tormenta también ocurre dentro de ella. Aferra la manija de la puerta. La aprieta muy fuerte y de a poco la va girando. ¿Se va a bajar? ¿Abandonará a su marido por su amante? ¿Será capaz de dejar a sus hijos? El marido se cansa y toca bocina. Son segundos de quietud pero parecen horas mientras la mano sigue bajando el picaporte. Pero nunca termina de hacerlo. Kincaid arranca. La camioneta con el matrimonio de Francesca gira hacia otro lado. Ella se contorsiona en el asiento del acompañante. Sigue con su vida y con su familia.



Escena final

La tensión es extraordinaria. Las lágrimas casi una obligación. Pocas veces mejor mostrada la libertad, las opciones, lo que acarrea una elección.

La redacción de la revista National Geographic llegó a recibir más de 10 llamados diarios preguntando por Robert Kincaid. Las existencias del número de mayo de 1966, en el que se muestra en la película, se agotaron retrospectivamente. La desilusión se instalaba en los compradores cuando descubrían que el ejemplar traía en la tapa un reportaje fotográfico sobre el puente de Golden State y no sobre los puentes de Madison. Aun cuando los empleados de la revista les aseguraban a los que llamaban o se acercaban que Kincaid era un personaje ficticio, la gente se resistía a creerlo.

Los puentes de Madison fue un suceso de taquilla. Al cumplirse un cuarto de siglo de su estreno, la película sigue manteniendo su fuerza. Se convirtió en un clásico moderno. En eso, en su perdurabilidad, también superó al libro.

Los puentes de Madison es una película que nos muestra lo que el personaje de Francesca dice en off, que “el misterio del amor es puro y absoluto”.



 Artículo escrito por Matías Bauso Texto original aquí




Friday, June 26, 2020

La producción cerámica como expresión de una Cultura (6): La Cultura Chupícuaro, México, (500 aEC-300 EC)

En esta serie en la que voy recorriendo distintas culturas del planeta hablé anteriormente de las Culturas Precolombinas  Mochica en esta entrada Tiahuanaco en esta entrada   y Olmeca en esta entrada. 

Ahora hablaré de la Cultura Chupícuaro, Estado  de Guanajuato, México (500 aEC -300 de la Era Común)   

 
                                                En el Museo del Louvre


Esta zona arqueológica se encuentra en México, a 7 km de   Acámbaro  en el Estado  de Guanajuato, en las lomas cerca del rio Lerma. Su nombre "Chupicu" quiere decir, Lugar azul, en honor a la planta Chipicua del género Ipomea que se usa para teñir de azul.


Figuras femeninas de la cultura Chupícuaro, 
pertenecientes al Periodo Formativo Tardío (500-0 a.EC.).
 Snite Museum of Art.


Aunque no presentó escultura ni arquitectura monumental, es famoso y ampliamente conocido como un gran centro alfarero, que produjo gran cantidad de vasijas y figurillas, que por su variedad de formas, fino acabado y decoración, se han colocado entre las mejores de Mesoamérica, motivo por el cual ha atraído la atención y admiración de los estudiosos de esa cultura, así como la del público en general. En este sentido abundaron las vasijas y las figurillas, producto del talento y las manos prodigiosas de sus pobladores. Las vasijas con múltiples formas se trabajaron en un color (monocroma) y en tres colores (policroma), que fueron los colores rojos, crema o bayo y negro, algunas con dibujos geométricos destacando la forma piramidal o de zig-zag. Fuente aquí

 En las figurillas de arcilla destacan las técnicas de pastillaje y las bellas figuras huecas, finamente pulidas y decoradas. También se utilizó la la concha, el hueso y la piedra. El fino acabado y el brillo de la cerámica le dio una notable belleza estética. Los motivos fueron las deidades, la maternidad, la lactancia, las personas y sus adornos, los animales y los vegetales. Gracias al estudio de las figurillas podemos inferir que usaban alguna forma de vestimenta, que se pintaban la cara y el cuerpo, usaban sandalias, bragueros, collares, orejeras, ajorcas y aretes. Y las mujeres usaban elaborados peinados.  Fuente aquí












  en el Museo nacional de Antropología de México DF


Los habitantes de Chupícuaro practicaron un culto a los muertos caracterizado por sepulcros donde se colocaron cráneos trofeo, puntas de obsidiana, metates y manos de metate, figurillas, orejeras, ornamentos de concha, collares y cuentas, herramientas de hueso e instrumentos musicales, los cuales fueron localizados durante las excavaciones alrededor de 1950. 

Los numerosos entierros y sus ofrendas permiten conocer el modo de vida de los antiguos habitantes de Chupícuaro, así se puede inferir… ”que fueron agricultores que vivían en jacales de materiales perecederos, a lo largo del río, formando una aldea rural bien extendida, llegaron a construir bajas plataformas revestidas de piedra y con pisos de lodo, a veces agrupadas entre sí, sobre las cuales se levantaban las chozas. Cultivaban el maíz, el fríjol y la calabaza, aprovechando las márgenes del río Lerma y sus afluentes, lo mismo que las colinas cercanas, y la presencia de metates y algunos molcajetes de piedra, nos indican que molían el maíz, y que pudieron contar con chile y tomates silvestres, a la vez practicaron la caza, la pesca y la recolección de productos silvestres” (Piña Chán, 1967:263). 







Wednesday, June 24, 2020

Este jueves, un relato: "Mudanzas" Un nuevo comienzo.

 Convoca   Inma desde su blog Molí del Canyer


Empacamos apresuradamente hasta lo último que podíamos llevarnos según las indicaciones de mi madre, porque ella sabía que era lo mejor para nosotros. La  Partición de la India en  dos estados, India (para hindúes y sijs)  y Pakistán (para los musulmanes) era un hecho,  la independencia  de ambos países se proclamaría el 15 de Agosto de 1947 en que  El British Raj llegaría  a su fin. La liga Musulmana  bajo la tenaz conducción de Muhammed  Ali Jinnah, había logrado su objetivo a pesar de la reticencia de  Mahatma Gandhi que no deseaba una India mutilada. El último Virrey de la India, Lord Luis Mountbattenconcibió e implementó el plan de la partición contra reloj y mediante intrincadas negociaciones hizo que las partes involucradas lo aceptaran.  Ya antes dignatarios británicos habían intentado dividir partes del territorio sin éxito. La violencia iba in crescendo y amenazaba con una encarnizada guerra civil que había que evitar a toda costa.  Los británicos se iban y la India era un caldero a punto de explotar. Musulmanes contra hindúes, Sijs contra musulmanes, hindúes contra musulmanes y todos contras las mujeres. Porque en tiempos de guerra o de disturbios -lo sabemos-  las mujeres suelen pagar  el precio del odio de los hombres  siendo  violadas y asesinadas por  una turba sedienta de sangre.


 

Nosotros -mi padre, madre, dos hermanos mayores y yo, Rania- teníamos la suerte de tener un coche que abarrotamos con nuestras pertenencias más preciadas y necesarias, sabíamos que nos adentrábamos en la incertidumbre y que vendrían tiempos de escasez.  Pero  no podíamos quejarnos, en cierta forma éramos afortunados,  la mayoría de la gente iba a pié o a lomo de burro.  No puedo olvidar  al mirar por la ventana, mientras mi padre pisaba en acelerador con fuerza, la imagen de ese sij llevando a su mujer en hombros en la dirección contraria.  Catorce millones de seres humanos   fuimos desplazados para un lado y otro con invaluables pérdidas humanas. El éxodo, nuestro éxodo familiar,  comenzó y fue duro,  sin embargo estábamos contentos,  nosotros que nos dirigíamos a Lahore, sabíamos que se crearía un país nuevo para  los musulmanes: Pakistán, se llamaría.