Era
medio día del sábado y la noche había sido intensa. Había tenido otra
vez un sueño recurrente en el que me hallaba recorriendo las
habitaciones de una casa de paredes blancas y muebles modernos, salía al
pasillo y seguía hacia afuera, a un centro comercial de una ciudad
anodina; subo y bajo por escaleras metálicas y llego a un gran salón en
el que sirven comida desde un escaparate en el que se ven las fuentes
con distintas ofertas de delicias culinarias.
Hago mi pedido, me dirijo a una mesa, apoyo la bandeja, chequeo en el
teléfono inteligente mi correo electrónico quizás con la intención de
leer una carta que no llega ¿por qué habría de llegar?. Después de
comer, salgo a la calle y comienzo a caminar, ante mí la ciudad se
desparrama y es un día de esos en que la temperatura invernal se
despereza para bostezar la primavera. Tengo ansias de mundo, llego al
límite de la ciudad y salgo a trotar por las praderas, bajo el sol que
calienta mi pelaje. Retozo, con pájaros y flores, con mariposas y
abejas. Me siento libre, libre, libre... para, poco después, despertar
en esta jaula de cristal en selva de toallas.
"¡Ay mísera de mí, y ay, infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
de la cebra es haber nacido
en creyendo que mujer es."
(Qué Calderón me perdone)
Firma, Segismunda, La Cebra.
(Publicado en FB, Feb 24 de 2015)