En las horas más aciagas de la historia humana, esas en que la locura se desata y clama sangre, esas en que el género humano pierde humanidad, esas en que creemos que todo está perdido y que nos despeñamos inexorablemente hacia la destrucción total de nuestra especie, surgen siempre hombres y mujeres que marcan la diferencia, que con su entrega desinteresada, con su afecto y atención, nos recuerdan y marcan el camino hacia la salvación. Estos seres pertenecen a cualquier pueblo, nación, clase, religión y en mayor o menor medida y en silencio, traen luz al mundo; esas personas tienen una conducta altruista.
Y esto lo sabía Manuel Chaves Nogales cuando en "A Sangre y fuego" escribió el relato de "La gesta de los caballistas". En él, Rafael, el hijo más pequeño del marqués -muy preocupado éste por "dejar limpia de bandidos rojos la campiña del condado" según le prometiera al Gral Queipo- marca la diferencia.
Así pues, "el benjamín de la familia", ese "muchacho simpático y alegre al que tuteaban todos los viejos servidores de la casa", en caracter y en ideología se va a oponer a los suyos; sobretodo a Juan Antonio, su hermano mayor y al mediano, Juan Manuel. Rafael reconoce que es amigo de Julián, "el maestrito de Cramona", a quien conoció como estudiante; "aquel muchacho comunista", según uno de los empleados del marqués.
Así pues, "el benjamín de la familia", ese "muchacho simpático y alegre al que tuteaban todos los viejos servidores de la casa", en caracter y en ideología se va a oponer a los suyos; sobretodo a Juan Antonio, su hermano mayor y al mediano, Juan Manuel. Rafael reconoce que es amigo de Julián, "el maestrito de Cramona", a quien conoció como estudiante; "aquel muchacho comunista", según uno de los empleados del marqués.
Rafael va con sus hermanos y el resto de los caballistas, según el mandato paterno, pero no tiene sed de sangre, es más, al llegar al pueblo se entristece: "Tiró de la rienda a su caballo y se apartó entristecido". Y se hace preguntas: "¿Qué pasaría en aquel momento en el interior de aquellas humildes viviendas?" (...) "¿Sería verdad que tendrían que ahorcar a toda esa gente (...)?" Y se aparta, busca un lugar en dónde sentarse a solas con sus preocupaciones a fumarse un cigarrillo, y medita, sintiendo la soledad: "¡Qué soledad!, ¡Qué tristeza!" y llega a la conclusión de que nunca había sentido "tan netamente la sensación de vacío". Todo esto da cuenta del caracter sensible y empático de Rafael.
Cuando Rafael tiene la oportunidad de matar "como un conejo" a "un rojo" que se escapaba el monte, no lo mata primero sin saber muy bien por qué, luego no lo hace sencillamente porque "no quiso". Y niega haberlo visto cuando los falangistas, que estaban ya cerca, lo interpelan, lo cual, veremos, le traerá problemas más adelante.
Rafael tiene un encuentro con Julián en el que ambos se enfrentan, puesto que pertenecen a distintos bandos, y tratan de disuadir el uno al otro para que se rinda, pero a pesar de las mutuas amenazas, Julián sabe que Rafael no será capaz de cumplirlas y así se lo manifiesta: "Tú no harás eso, Rafael. No tienes corazón para hacer esa infamia". Por su parte Rafael a firma a Julián que él tampoco es capaz de cumplir sus amenazas: "Ni tú volarás la casa con dinamita, Julián".
Rafael no duda en oponerse a la propuesta del empleado del marqués, Lunanco, que quiere usar a las mujeres de cebo: "(...) Primero abro las puertas a esa canalla roja para que nos degüelle". Pero Juan Manuel, que secunda la propuesta de Lunanco, amenaza a su hermano: "Y yo, como lo intentes siquiera, te descerrajo un tiro".
Al igual que Rafael, Julián se oponía a la propuesta de los mineros "de volar el edificio metiendo los cartuchos de dinamita bajo los sillares de piedra de los cimientos" porque adentro estaban las mujeres y los niños.
Rafael quiere prevenir a las mujeres, "nuestro deber es prevenirlas" pero Lunanco, en complicidad con Juan Manuel, las encierra con candado. Rafael muestra un comportamiento humano, muy al contrario del que muestran su hermano y el empleado, que no vacilan en asesinar a mujeres y niños.
Durante la cacería "como conejos" de rojos por parte de la gesta de los caballistas, Rafael vuelve a apartarse de los suyos "con una amargura y una tristeza inefables"
Rafael y Julián se encuentran por segunda vez, enfrentados: Julián: "¡Déjame paso a te mato" Rafael: " Vete. No creerás que soy capaz de delatarte".
Pero ambos Rafael y Julián son detenidos por la Falange, que creía que Rafael también era un rojo y son llevados a la Cárcel de Sevilla. Cuando el nombre de Julián es llamado en la lista de los que iban a ser ejecutados, se levanta Rafael y acercándose al él, le da un abrazo: "Se abrazaron silenciosos, pecho contra pecho, sintieron como latían a compás sus corazones, Fue un instante no más. Para ambos valió más que la propia vida entera"
_ Adiós , Julián.
_ Salud, Rafael.
El uno partía a la muerte, el otro partiría al exilio en Inglaterra. Ni el uno ni el otro, perdieron su humanidad. Puede que se trate sólo de una gota de humanidad en un mar de crueldad e ignominia, pero es una gota que puede expandirse si cuando la maldad se desata, uno no se deja arrastrar por la corriente y se detiene a pensar, y toma una actitud diferente manifestando una conducta altruista en la que reconoce al otro como ser humano, siente por él, se compadece, ayuda, e incluso, es capaz de ponerse en riesgo por él.
Contribución a la lectura colectiva
virtual que hacemos bajo la conducción de Pedro Ojeda desde su
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