Ven, acompáñame, esta vez
no quiero ir sola.
Ven, comparte sin miedo
estos instantes.
No voy a robar tu
corazón, te lo prometo,
mas te quisiera cerca
unos días, unas horas,
cuando el crepúsculo
se asomara en el desierto
y la nube de arena nos
envolviera como manto sagrado,
en las tinieblas,
obligándonos
a cubrirnos con la manta.
Ven, acompáñame. Sólo una
vez
siente el palpitar de los
luceros a la noche
y el ritmo acompasado de
nuestras
respiraciones
en la tienda peregrina
que juntos erigiríamos
aquí,
en el desierto,
mío también,
cerca de estas
palmeras
y luego, caminante,
seguirías tu camino
con tus alforjas repletas
de agua, dátiles y miel.
(c) Marianne Gambell (Myriam Goldenberg)

