Francisca López Villalba y José Ignacio Torres del Palomar habían comprado una casa que bautizaron "Santa Rita" en las afueras del pueblo de la Caléndula en la costa española mediterránea y estaban felices de haberse trasladado allí después de haber vivido una azarosa vida en Changai, China, dónde José había ocupado un cargo directivo en una empresa líder en nano-tecnología y Francisca había trabajado en el diseño y conducción de proyectos sociales y educativos para una ONG. Entrar a la edad de Jubilación después de toda una vida activos y mudarse a un sitio tranquilo, en otro país, significó un gran cambio en la vida tanto del uno como del otro. Una etapa concluía y comenzaba otra. Habían salido de la zona de confort, de lo que hasta ahora les había sido conocido, de la rutina diaria, del tedioso y estresante encarrilamiento; tendrían por lo tanto, nuevas cosas por descubrir.
- Ya no más hablar chino- dijo Francisca exhalando un suspiro mientras tejía macramé sentada en la terraza que daba al amplio valle y cuya vista se extendía hasta el mar.
José que estaba a su lado en su poltrona preferida terminando su cerveza y a punto de echarse una siesta, medio bostezando, medio riendo, le responde: - ¡Eso es lo que tú crees, es que aún no has ido al supermercado!.
- Ya no más hablar chino- dijo Francisca exhalando un suspiro mientras tejía macramé sentada en la terraza que daba al amplio valle y cuya vista se extendía hasta el mar.
José que estaba a su lado en su poltrona preferida terminando su cerveza y a punto de echarse una siesta, medio bostezando, medio riendo, le responde: - ¡Eso es lo que tú crees, es que aún no has ido al supermercado!.