El fantasma se apareció
en el huerto aquella tarde.
Jardinero había sido
en una vida anterior.
Volvía noche sí y noche no
a cultivar en la huerta.
A la siguiente mañana,
crecían flores multicolores;
también
albahaca, azahar y romero,
en cuencos blancos como la leche:
-zapatos eran sin más-
zapatos que germinaban,
zapatos que nos llamaban,
zapatos que nos brindaban
su pálida y perfumada
belleza.
(Dedico esta entrada a Virginia Dorta)