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Wednesday, November 10, 2021

Este jueves, un relato: "De perdones y venganzas"

 

 

Convocatoria de Mónica desde su blog "Neogéminis" en donde hallarán más relatos
(Imagen de Neogéminis)
 
 

 Su Santidad el Papa Juan Pablo II
 
 
El resentimiento y la inquina son emociones altamente corrosivas que envenenan el alma, lo sabemos todos.  El odio que experimentó el ex-sacerdote español Juan María Fernández y Kohn causado por la inconmensurable envidia que sentía desde su ruin mediocridad contra la indiscutible grandeza de Juan Pablo II,  le llevó  a una venganza  planificada durante 6 meses -so pretexto de salvar a la Iglesia- en la que atentó con una bayoneta  contra la vida de Su Santidad -Bendita sea su memoria-  en Fátima, Portugal,  el 12 de Mayo de 1982,  cuando justamente el Papa se encontraba en ese Santuario agradeciendo a la Virgen el haber  sobrevivido al atentado contra su vida perpetrado por el turco Mehmet Ali Ağca un año antes en la Plaza San Pedro en Roma, con una Browning 9 mm semiautomática, en el que el Sumo Pontífice fuera gravemente herido. El perpetrador era un militante de Los Zorros grises, una organización terrorista ultranacionalista turca.

El Papa perdonó públicamente al perpetrador  turco, no así al español ¿Por qué?  Sencillamente, porque el primero  se arrepintió y el  segundo  no:
 
Fernández fue condenado en Portugal a 6 años y medio de cárcel por el atentado al Papa y deportado en 1985. Y según los  art. 1331 y 1370 del Derecho Canónico, fue excomulgado.  Jamás se arrepintió. (Posteriormente atacó también a la rama de Bruselas del Partido Vasco,  al Rey Alberto II de Bélgica e incluso a Juan Carlos I de España, entrando y saliendo de prisión entre uno y otro de los crímenes).

Ağca había matado antes (1ro de febrero de  1979) al periodista, intelectual y activista de DDHH Abdi Ipekçi. Por ambos delitos fue condenado y sentenciado  a prisión  de por vida, sirviendo 19 años en Italia y 10 en Turquía,  cumplidos éstos  se le permitió salir  de Prisión.  Después de la Navidad de 1983, el Papa Juan Pablo II lo visitó en prisión. En 2007, a  los 27 años desde su intento de asesinato al Papa, Ağca  se convirtió al catolicismo y el 27 de Diciembre  de 2014 visitó y  puso rosas blancas en la Tumba del  Pontífice  a propósito de la canonización del Papa, mostrando a lo largo de los años un arrepentimiento genuino. 
 

In  memoriam P. Ioannis Pauli II, Fomentador incansable del entendimiento entre los pueblos y los credos, durante sus casi 27 años de Pontificado y 129 países visitados. Canonizado el 27 de Diciembre de 2014.
 

Recordemos  siempre que perdonar no implica condonar, excusar, minimizar u olvidar la afrenta. Tampoco implica la represión de los sentimientos de ira de la victima o ignorar la responsabilidad del causante del  daño. Y menos, el hecho de perdonar implica una reconciliación  de la víctima con el perpetrador/a. Sin embargo,  perdonar - y perdonarse- resulta  beneficioso para la salud emocional de quien lo hace y es el  mejor corolario  al proceso de sanación.



Monday, February 1, 2010

La sonrisa y el perdón



Perdonar es mirar al futuro, y no guardar resentimientos del pasado. Perdonar es ser optimista, y creer que la vida y las personas tienen todavía muchas posibilidades. Para perdonar, no hace falta abrazar, ni siquiera saludar. Basta mirar con amor y sonreir. La sonrisa es a veces el mejor abrazo. Quién sonrie así, sinceramente, pone en esa sonrisa lo mejor de su alma que perdona.

Texto atribuido a Blaise PascalFoto: Mia. Mar de Galilea, Israel.

Friday, April 24, 2009

Errar humanum est



Y esta frase la continuamos "y perdonar es divino!"

Tiene coherencia si nos detenemos a pensar lo dificil que es pedir perdón reconociendo que nos equivocamos en algo, ya que al hacerlo, estamos reconociendo nuestra humanidad en ello, admitiendo que no somos perfectos, que nos equivocamos y que herimos a otros. Lo bueno es tomar conciencia de ésto y rectificar.

Ahora, que pasa cuándo nos hieren a nosotros?
Ya nos es de por sí dificil cuando personas en nuestra cercanía lo hacen. Un acto dañino hacia nosotros, nos hace sentir injustamente atacados, vapuleados, indefensos y sorprendidos. Nos duele profundamente. Nos llena de sentimientos de rabia, impotencia, rencor, deseos de justicia y en el pe
or de los casos, cuando nos dejamos dominar por el rencor, de deseos de venganza.

Algunos de nosotros aprendemos a poner distancia, a no tomar el ataque como propio, sino por lo que es.... una cuestión del otro. Una cuestión, que pertenece al mundo interno insatisfecho del atacante y que por envidia o por celos lo despacha, hacia nosotros, que nos convertimos en receptáculo no solicitado del ataque. Algunos, podemos poner a ese ataque límites sanos. Frenarlo y al hacerlo, le estamos devolviendo al atacante su propia imagen reflejada en el espejo. Otros de nosotros, tendremos que preparar una estrategia de afrontamiento para estos casos. Podría ser algo tan sencillo, como tener un listado de respuestas ya pensadas para ello.

Y cuando el ataque viene de un ser muy cercano a nosotros?
Tan cercano como que es o fué integrante de nuestro núcleo familiar?
Eso duele mucho, mucho más. Porque no esperamos que las personas que más nos aman , también sean las que más daño nos hagan.... Estas son las heridas que más cuesta sanar. Heridas muy porfundas que cargamos toda nuestra vida.

En el proceso de autoconocimiento _y no voy a decir en el proceso terapéutico que requiere de la guia experta de un psicólogo, porque tanto nos pueden ayudar buenos libros, como maestros, como amigos o como guias espirituales.... no importa quien, cada uno eligirá su propio camino_ en ese proceso de autoconocimiento, perdonar y perdonar genuinamente, viene al final, como broche que corona la obra, después de un largo trabajo en el que fuimos asimilando nuestro dolor, en el que fuimos curando las heridas, liberando las emociones atascadas. Comprendiendo la situación, el porqué de las cosas, entendiendo que no fué nuestra culpa en algunas y en otras asumiendo la responsabilidad que eventualmente nos tocara. Aprendiendo a perdonarnos, también a nosotros mismos. Tiempo éste en el que nos vamos rearmando para poder superar la o las expreciencias traumáticas.

Sólo perdonando genuinamente, podemos conquistar la libertad interior.

Perdonar, no es olvidar. Lo que pasó, pasó. Perdonar sin embargo, nos liberará de la carga de sentimientos como el rencor, la ira, el dolor, que nos hacen daño y nos impiden conquistar la serenidad interior y la posibilidad de manifestar nuestra personalidad con toda su potencia.