No soy de dulces, más bien de salados, pero hay uno al que, proviniendo de Turquía, no me puedo resistir y es el Baklava o Baklawa, cuyos orígenes son inciertos, quizás Antigua Mesopotamia, Mongolia o Imperio Bizantino, pero que con certeza fue ampliamente perfeccionado -y disfrutado- durante el Imperio Otomano en el que se preparaba asiduamente en la cocina del Palacio Topkapi en Estambul y en el resto del Imperio. Los griegos lo imitan, pero nada que ver con esta delicia turca, lo hacen empalagosamente dulce; nada que ver con la delicada fragancia de agua de rosas, miel, pistacho, almendras, de este manjar otomano, hábilmente combinado también con jugo de limón.
Hay
momentos que la vida te regala, digo, sabores dulces como el baklava,
como el momento en que tus nietas te llaman por Skype porque en el
Jardin han estado celebrando el día de los abuelos y te sonríen y largan
besos y te llaman "abuela" o el momento en el que te sientes decaído y
sabes que cuentas con el abrazo de un amigo fiel, que está a tu lado
pero a una prudente distancia, sin invadirte, sin atosigarte, un amigo
que sabes que puedes contar con él y que está ahí, donde debe estar, a
tu lado. O como cuando te despiertas y ha salido el sol por entre los
árboles, momentos dulces, dulces, como el baklava.