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Thursday, April 4, 2019

Este jueves, un relato: "El laberinto de los sueños rotos"

 
 (foto mía)

Convocatoria de Mónica  del blog Neogémenis.

Nada parecía prever el desenlace. Todo comenzó aquella tarde cuando los cinco amigos, dos chicas y tres varones post- universitarios, amigos desde la más tierna infancia,   decidieron emprender un viaje diferente.   Una experiencia que jamás olvidarían, se dijeron.

La propuesta había sido presentada por Maribel, y aunque hubo dudas al principio, finalmente la secundaron por unanimidad. Por eso, temprano  esa mañana de abril, los cinco se despidieron de sus  allegados  y cargaron sus mochilas en el auto de Tomás, camino al aeropuerto Adolfo Suárez.  Habían decidido viajar a Estambul y de ahí volar a la ciudad de Denizli, Turquía, en cuyo aeropuerto alquilaron una cuatro por cuatro. Susana y Tomás, que tenían una gran tienda de ropa, estaban  particularmente interesados en importar algunos de los fabulosos textiles turcos, por lo que habían programado varias visitas a industrias de la zona, como la de Tosonoglu o Menekse. A Maribel,  que era arqueóloga y a Pedro y Miguel que eran  historiadores, les interesaban otras cosas tales como  el reciente descubrimiento de una imponente estatua del emperador Trajano,   o visitar la antigua Laodicea, sede de una de las 7 iglesias mencionadas en el libro de Apocalipsis  Cap. 3,  sita  en las proximidades  de Denizli.  De regreso hacia Madrid, tenían pensado visitar  exhaustivamente la magnífica ciudad de Estambul.

Ya en el jeep, enfilaron hacia la ciudad de Denizli, a menos de una hora de ruta en dirección oeste.  No habían  recorrido más de 15 minutos, cuando una  densa niebla cubrió el camino,  sin nada de visibilidad, se vieron obligados a salir a la banquina para evitar un accidente.   Charlando,  esperaron  pacientemente a que despejara. Sopló un viento  frio.   De pronto, la niebla  comenzó a desintegrarse  y  los cinco amigos, mudos de sorpresa, vieron a un hombre de porte árabe y mediana edad, montado en un caballo. A pié, a su costado, un  hombrecillo flacucho y harapiento  con una vara en su mano izquierda, sostenía con la otra  las riendas para que el hombre  desmontara.




Salem Aleikum, ¡sed bienvenidos a estas tierras, forasteros!. - dijo el hombre de forma respetuosa y pausada - Mi nombre es Ibn Batuta, continuó.
- ¿Ibn Batuta, el célebre  viajero y explorador árabe, nacido en Tánger, Marruecos,  en 1304?
- El mismo que viste y calza,  para servirles.
- ¿Qué hacéis aquí, buen hombre?- Preguntó Pedro.
- He llegado  a estas tierras para buscar empleo  en la corte del Sultán Muhammed Ibn Tujluk por un tiempo. Mi intención es seguir el viaje hasta la India ¿Y vosotros?
En este punto, los cinco cayeron desmayados.

Demás está decir que ninguno de los cinco  cumplió su sueño, ninguno de los cinco  pudo salir tampoco del laberinto del tiempo en el que quedó atrapado.
 




Fotos 2 y 3  de la Red.


Wednesday, November 9, 2011

De laberintos en la Sonata de Otoño de Valle Inclán

Si bien es cierto que  el tema de "El laberinto"  se repite a lo largo de toda la Sonata de Otoño como leitmotiv (a tal efecto ver  los Capítulos -o en las Entregas si vamos al formato original en que Valle publicó sus sonatas a principios del S.XX-  Nros 3, 6, 9, 13, 16, 21, 24, 26 , sobre un texto de 27 capítulos)  en forma  del laberinto de los Jardines de Palacio o en el de los corredores internos del Palacio es en  tres lugares de la obra  que Valle nos muestra con precisión quirúrgica, los laberintos personales de Concha y el Marqués.

De Concha:
En el Capítulo 16 (Ps 81, 83) Concha y el Marqués  están en el mirador del Jardín. Concha se duerme en brazos del Marqués y  tiene un sueño. Un sueño, con la aparición del Arcángel de la Muerte, y aviso de que moriría. Un sueño que el Marqués ahora recuerda vagamente y en el que "Concha estaba perdida en el laberinto". "EL laberinto era el pecado en que Concha estaba perdida y el agua de la fuente eran todas las lágrimas que había de llorar en el Purgatorio" nos aclara el ahora otoñal y  compungido Marqués.

Del Marqués:
En el Capítulo 21 (P. 98) están nuevamente en el Jardín de mañana. Concha pasea con su prima Isabel y las hijas de Concha juegan en la Terraza, aquí es el Marqués quien se extravía en los laberintos de sus propios  pensamientos: "mi pensamiento iba extraviándose por laberintos oscuros, y sentía el sordo avispero de que nacen los malos ensueños, las ideas torturantes, caprichosas y deformes, prendidas en un ritmo funambulesco"  

Hay una marcada diferencia entre los laberintos de ambos:

El laberinto de Concha tiene  que ver con  un cándido y siempre vivo amor por el Marqués en el que ella se desnudaba como lo hacía con las flores del Jardín, Capítulo 9 (Ps 58. 59 ). Y sí, -me dirán que era una mujer casada- pero  con un hombre muy  mayor al que no amaba y con el que se había casado por obligación, según las costumbres de la época. Un señor apenas mencionado en la Sonata como un muy lejano eco.  Su laberinto -aunque Concha a estas alturas se pusiera  "el mundo de montera"-  está relacionado con la lucha interna  entre lo que siente por el Marqués y la culpa de estar cometiendo un pecado mortal y  es,  románticamente trágico.

El laberinto del Marqués es más tenebroso, más oscuro pero también muy humano, porque así es el mundo de los sentimientos en el que nada es blanco o negro y en el que tan frecuentemente nos perdemos por sus recovecos. Nada  es obvio. Nada es claro.  Los antiguos egipcios lo sabían tan bien que hasta  Anubis, que era poseedor de las llaves de todos los misterios del Universo y era el encargado de conducir a las almas de los muertos por el Laberinto hasta su centro, no podía hacerlo sin un hilo conductor. Tampoco -y menos aún podría el  humano y vivo héroe Teseo- llegar hasta su centro a matar al mítico minotauro, sin el hilo conductor que le proporcionara Ariadne. Valle Inclán lo sabía, quizás porque más de una vez él mismo se habría perdido en los corredores oscuros de su alma, como nos ha pasado a todos.

Es muy frecuente quedarse -al leer las Sonatas de Valle-  con la imagen de un Marqués  don donjuanesco: seductor, mujeriego y libertino, algo que a mí se me hace una lectura superficial -quizás por deformación profesional, lo reconozco- ¿Por qué digo ésto? La clave la encuentro en el Capítulo 25 (Ps 112-113). Aquí,  un Marqués horrorizado por la muerte de Concha en sus brazos, corre a la alcoba de la prima Isabel para darle la noticia, pero ésta está dormida. El llega a la cabecera de su cama y grita con "la voz embargada" "Isabel, Isabel" desde este punto y hasta el final del capítulo, paso a paso nos guía Valle por los laberintos de la relación de Isabel con el Marqués, lo que él quiere -comunicarle la muerte de su prima- se ve anulado por la interpretación errada que Isabel hace de la entrada del Marqués  a su alcoba, que incapaz de contrariar "las sospechas de su prima" a la que "hubiera sido tan poco galante desmentirla",  siendo -según sus propias palabras- "un santo varón que ama siempre que está triste" no pudo por esa flaqueza  suya que Concha conocía muy bien, dejar de sucumbir a las tentaciones que le ofrecía su prima Isabel en cuerpo y alma -que en el fondo ardía de deseo por el Marqués de Bradomín- tanto que hasta mal interpreta el estremecimiento de espanto que recorre el cuerpo del marqués a la exclamación de Isabel "¡Temo que aparezca Concha!".

Sí, un Don Juan que se pierde, porque también es perdido por las mujeres que  - a su manera- lo aman entre culpa y pecado. Un  Don Juan incapaz de comprometerse afectivamente con ninguna mujer en profundidad (intimidad emocional) porque por su naturaleza no puede hacerlo o desconoce como hacerlo: Al no haber desvelado el Marqués  los enigmas de su interior, carece de la madurez emocional requerida para que ésto sea posible

Un  Don Juan que -también a su manera-  quiere a todas sus mujeres, aunque de diferente forma y en distinta intensidad, desde luego, que  además, como todo ser humano necesita afecto y aún  más cuando está triste, pero  un Don Juan capaz de dar lo que puede, como fue capaz de estar al lado de Concha -y hacerla feliz- hasta su muerte, porque no fue el marido de Concha sino el Marqués de Bradomín quien sintió temblar, sacudido por el mortal aleteo, el cuerpo de Concha aprisionado en sus brazos.

En suma, un Don Juan modernista hasta la médula, pero también muy actual.


Contribución a la lectura colectiva virtual que hacemos bajo la conducción de Pedro Ojeda desde su blog La Acequia.

© Myriam Goldenberg

Nota 1: Para este trabajo me he servido de la Ed Austral 2009, prologada por Leda Schiavo.

Nota 2: Laberintos. El más antiguo que conocemos a través de historiadores  de la Antiguedad como Heródoto o Strabo es el construido en la época del Emperador Amenemhat III , Dinastía XII (1860-1814 a. JC)  en la ciudad antigua de Hawara excavado por Sir W. M. Flinders Petrie en 1888.  Este inspiró a los Griegos, en que según la leyenda Dedalus lo construye para que el Rey Minos de Creta y fundador de la Civilización Minoica,  escondiera ahi al Minotauro - monstruo fruto de la infidelidad de su mujer con un toro blanco,  regalo de Poseidón a Minos. Excavaciones en el Knossos de Creta por Sir Arthur Evans   de forma masiva desde comienzo del  1900.

En Europa y Asia Menor  se conocen otros laberintos: uno  en las ruinas de Jericó ( S. XIV a JC), otro ruinas de Pompeya en la Villa Diomeda, uno en Italia del S.VI En la Iglesia San Vitale de Ravena, Cinco siglos más tarde se encuentran dos más en Italia en Placencia ( en la Basílica de San Savino) y en Pavía ( San Miguel Mayor) y otros dos también del siglo XI en Alemania en Colonia. Recién  a partir del SXII florecen los laberintos en muchas catedrales, de los cuales el más grande es el de la Catedral de Chartres en Francia. Existe incluso, un laberinto de 679 piedras en la isla de Visby en Suecia.

Para ver los formatos de los Laberintos generalmente circulares de 11 anillos, divididos en  cuatro cuartos, aunque también los hay cuadrados u octogonales pulsar en este enlace. No importa la forma, no importa el tamaño, simbolizan siempre el combate entre el bien y el mal. El mal -el demonio o los demonios internos o externos-  debe ser derrotado para que el iniciado pueda -siempre con la guía de un hilo conductor, sea cual fuere, salir del laberinto a la luz del día,  vivo (al estilo griego) o  su alma pueda elevarse después de muerto desde su centro (al estilo egipcio).