Friday, March 25, 2016

Hacerse a la mar - 3



En el Puerto de Halicarnasos comenzamos, pues, a cargar el trirreme. La reina Artemisia de Halicarnasos  era nuestra almirante.   ¡Quién hubiera dicho que una mujer, la primera en  nuestro  mundo mundial  comandaría la  flota,  la nuestra,  y también las de las islas de Kos, Nisyros y Kalymnos, y quien hubiera dicho también que yo sería su primer oficial, pero así era,  y he de reconocer que sentía  un gran respeto por esta valiente, inteligente   y decidida mujer  a quien había jurado fidelidad hasta la muerte. Cuando le di la primicia de mi nombramiento a mi padre  y le dije  quien era mi almirante,  abrió los ojos como dos platos y   me preguntó reventando de risa  si  estaba bebido; no me  imagino que hubiera hecho él en mi lugar, pero yo sentía el fuego de la ira quemándome las tripas, mas callé por sumisión y respeto.  Mi padre se había burlado de mi y  de mi Señora Almirante,   porque él  que había sido remero en su juventud,  sabía muy bien lo difícil que era maniobrar en batalla nuestros trirremes con tres líneas de remos, algo que requería de mucha destreza en el mando y  coordinación en el accionar para poder alcanzar velocidad y fluidez en los movimientos.

Nosotros, los carios,  nos habíamos enfrentado por mucho tiempo al gran imperio aqueménida -persa, para más señas- y de nada había servido. Aun estaba fresca en nuestra memoria como su fundador   el rey Ciro, al que apodaban "el grande",     había vencido a nuestros vecinos  los lidios un poco al norte de nosotros, aquí en Asia Menor, arrasado completamente su capital Sardes, y había  hecho  freír en una hoguera a su rey Creso,  al que de nada le sirvió su incalculable riqueza, aunque muchos al ver que se había levantado un humo negro  como una densa cortina,  (seguramente algún gil no había encendido la hoguera correctamente),  dijeron que Creso   había sido  salvado por el dios de los griegos Apolo y transportado  por este a la región lejana del norte bien norte llamada Hiperbórea,  que dicen estar cubierta de  nieves eternas y que desde entonces vivió en un iglú todo recubierto de oro y piedras preciosas contando estalactitas y comiendo  sardinas o atunes, según  proveyeran los dioses.

Mi señora, la gran Artemisia,  había  prometido a su padre en el lecho de muerte aliarse con el rey Jerjes, (tercera generación descendiente de Ciro, en   línea algo torcida, pero eso no ha de importarnos, familia eran y sangre compartían), para preservar cierta independencia en  nuestros dominios aunque fuera en forma de satrapía, por esta razón  nos preparábamos para la batalla naval que se daría en   Salamina contra los griegos. Esta batalla fue posterior a la  de Artemesio, también comandada por mi señora, que había terminado -según me dijeron (yo estaba en cama con  hemorroides sangrantes y no pude participar) - en un empate naval.  

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¡Ay!   La batalla de Salamina  fue feroz, descarnada, violenta (¿cual no lo es?) . ¡Ay! quien hubiera dicho que ese hombre maldito  pero con enormes dotes de orador y estratega  aprovechó el vacío  político que se había dado en Atenas, por cuanto  que los atenienses habían mandado al exilio con viento fresco a muchos políticos, condenándolos  al ostracismo,  algo que se había puesto muy de moda,  según parece.  Este hombre se llamaba  Temistocles, que quiere decir "gloria de la Ley",  y  "con el mazo dando" iba dando por aquí y por allá, tanto  que por sus  victorias sería aclamado como "el gran salvador de los griegos" a los que había logrado unir en una alianza de ciudades-estados para hacer frente a la segunda invasión de los persas. Por ese entonces  Atenas y Esparta  se miraban la una a la otra como sapo de otro pozo  y hasta se odiaban, diría yo,  pero  se habían unido  ahora contra los persas  a los que llamaban medos, como forma de insulto, en la liga panhelénica, como se llamó esa alianza, que duró lo que duró la guerra contra los persas, luego seguirían maullando o ladrando entre ellos y dándose tortas, como era habitual ¿para qué engañarnos?.  Pero ahora estaban unidos  contra un enemigo exterior común muy  poderoso y  con ganas de devorar  a todas  las ciudades-estado e islas griegas, por eso por ejemplo,  el General  espartano Leónidas defendió  junto con sus 300  soldados   el estrecho de las Termópilas y,  aunque perdieran los griegos esa batalla   (porque  los persas  que habían hallado un pasadizo secreto o sendero oculto, no se muy bien,  dieron la vuelta y   lograron atacar  la retaguardia de los helenos) retrasaron -perdiendo sus vidas en combate- todo lo que pudieron a los persas que avanzaban con decisión. 

En vano mi Señora  aconsejó  al rey persa de  no entrar en batalla naval  en Salamina, ella estaba segura de que los griegos no podrían resistir mucho tiempo y de que era mejor dispersarlos en tierra, pero él desoyó sus consejos y siguió, en cambio,  los de los de sus comandantes varones, como  el del General  Mardonio,  que estaban por la labor. Y pasó lo que ella  había temido: Jerjes, rey de reyes, descendiente directo de los dioses,  reculó feo en Salamina a pesar  de contar con un ejercito muy numeroso en trirremes y hombres, no había  considerado  la posibilidad de que los griegos (que luchaban por su supervivencia como fieras con garras y uñas)  les ganaran. Estos hubieran dicho que pecaron de Hybris, o sea, de soberbia.   Y con justicia he de decir que  ninguno de los  dos hermanos del rey Jerjes, ni ningún otro almirante, mostró en batalla  el valor y pericia  de mi señora Artemisia: nuestra flota fue la única que rompió la línea ateniense y la atravesó sin pérdidas.  Jerjes, al verlo,  exclamó:  "Hoy los hombres luchan como mujeres y las mujeres como hombres" Mi Señora, al saberlo,  se sintió halagada y yo, orgulloso de servirle, porque había  demostrado mucho valor en combate, valor ¡y poder de mando!. Tal era su prestigio  que los atenienses  pusieron precio a su cabeza por la que ofrecieron  10.000 dracmas, que eso era mucho dinero, tal parece que la veían  como  a la legendaria reina amazona Hipolita. ¡Qué ideas la de estos hombres! mi señora....¡una amazona!  Heródoto escribiría  su historia, lo sé  porque me entrevistó pidiendo todo lujo de  detalles y yo, claro, gustoso se los di.






Notas: 
1- La acción de este relato ocurre 480-479 a EC 
2- Halicarnasos hoy se llama Bodrum.
3- La foto que encabeza la entrada es mía,  tomada en Bodrum;   el mapa es de la Red.

                                                                                                           

11 comments:

Cayetano Gea said...

Para unos constituyó una aplastante derrota; para otros, la salvación de la civilización occidental, además de la revancha helena por la derrota de las Termópilas; para todos, un momento épico y crucial de la historia antigua, convertido hoy en relato por obra y gracia de tu mano.
Un saludo, Myriam.

Rita Turza said...

Qué interesantes son siempre tus entradas y cuánto aprendo y viajo a través de ellas.

Gracias por ello querida Myriam.

Un abrazo muy fuerte.

Manuel López Paz said...

Un momento histórico que has relatado heroicamente.

Besote guapa

manouche said...

Eres mi heroina prefirada !Tu racontes si bien que sans doute tu es la réincarnation d'Artémise. Salut à toi ô Reine !

Abejita de la Vega said...

No conocía la cara femenina de la batalla de Salamina. ¡Bien por la almiranta y la narradora!
Un abrazo

Mari-Pi-R said...

Aunque imposible pero cierta cuando se lucha por la supervivencia muchas veces se sale vencedor.
Un abrazo.

Genín said...

Me encanta la Historia... :)
Besos y salud

Ambar said...

Has relatado un momento complejo de la historia de una forma impecable y con una lectura sumamente atractiva.
Besos Myriam

Ildefonso Robledo said...

Unos tiempos "heroicos", que supongo que realmente no lo serían tanto, sino de intensos sufrimientos para las gentes comunes...

Buen relato, amiga

Un abrazo

Ele Bergón said...

A las mujeres si no las descubrimos las propias mujeres, se quedan en el anonimato.

Besos

Pedro Ojeda Escudero said...

Aquí firma y deja testimonio un apasionado de estas historias que se lo ha pasado pipa con este relato.
Besos.