-Te lo dije, Felipe- le dijo mientras lo miraba con desdén.
- ¿Otra vez la cantaleta, Carlota?- le interpeló molesto.
- No, si tú no me escuchas nunca...
- ¿Y ahora qué?
- Lo de siempre, Felipe, lo de siempre...
- Y dale que dale....mujer...
- ¿A sí? y ahora que estamos por hacernos a la mar...
- ¿Es que no quieres salir? ¡haberlo dicho antes!...
- ¡Ay, Felipe! que no entiendes... dime... A ver...¿Trajiste el carnet de timonel?
Felipe azorado busca la billetera en todos sus bolsillos de la chaqueta, de la camisa, del pantalón... nada...empieza a ponerse nervioso y colorado; resopla, putea....
al fin musita un tímido: ¡no... lo... encuentro!
Carlota con una sonrisa gigante sumerge la mano en su bolso, revuelve un poco
y saca al cabo de un par de segundos, una billetera de cuero negra y orgullosa, se la entrega a Felipe.
- Toma, le dice con suavidad, ¡si me hubieras escuchado...!
- ya, ya... bueno, no perdamos tiempo, sube a la embarcación.
- ¿A qué hora es la cita? - preguntó Carlota mientras trepaba.
- Todavía estamos a tiempo...¡apura, mujer! y no hagas tantas preguntas.
- Tú siempre tan simpático...¿eh?
Lentamente van saliendo del muelle por entre las embarcaciones aparcadas. El día es fresco pero soleado y el mar está en calma. Carlota se pone un pañuelo en la cabeza que ata al cuello con delicadeza y los viejos anteojos de sol; Felipe, que agarra con firmeza el timón, mira al horizonte mientras dirige la nave a las coordenadas marcadas pensando: ¡Allá vamos, señores!. Después de un par de horas de navegación grita: ¡Ya estamos llegando a aguas internacionales!. Ahí veo la señal... ¿Ya te pusiste el traje de buzo? le pregunta a Carlota.
-En esas estoy- se oye de lejos.
Felipe detuvo la embarcación junto a la boya que flotaba marcando un punto, ahí, en el ancho mar bamboleándose al vaivén de las olas y bajó rápido al camarote a ponerse su traje de buzo. A la cuenta de tres, de espaldas, se arrojaron a las profundidades primero ella, luego él; más abajo, un viejo barco hundido los esperaba ensaetado en un peñón. Faltaba muy poco para llegar a destino, cuando en eso vino nadando un enorme pez y se tragó a Felipe ante la mirada atónita de Carlota que se iba -como quien no quiere la cosa- despacio, despacio, alejando de allí, hasta que, sin saber como, ni cuando, ni por qué, se despertó en un campo de amapolas con las
lengüetadas de un gran perro danés sobre su cara y un penetrante olor a transpiración que no podía distinguir si era perruno o tipo-oso marrón (porque los polares huelen distinto), también podía oír acercándose el alboroto de un grupo de aldeanos con gaitas y flautas alegres, un poco extrañada se incorporó entonces, miró con esfuerzo pero la luz del sol la segaba, cuando en eso oye la voz ronca de Felipe que se daba vuelta en la cama ofendido: -¿Qué pasa querida es que no quieres hacer el amor?