Joaquín, el frutero de mi barrio, tenía dos grandes pasiones: las frutas y las mujeres. Amaba a todas las frutas de forma obsesiva y grandilocuente, como cuando a diario las frotaba con una franela para dejarlas bien relucientes o como cuando explicaba a los clientes sus propiedades invocando citas bíblicas, farmacológicas o enciclopédicas. Amaba (a su manera) también a las mujeres -como he dicho- y las veía cual frutas verdes, maduras a punto o algo pasadas. Esto lo explicaba en virtud de la ecuación: "Frutas y Mujeres, sí, (pero como las mujeres son incógnitas) mujeres =frutas, que de frutas algo entiendo", con la salvedad de que si bien gustaba de todas las frutas sin distinción ni excepción, le atraían solo las mujeres rubias de las que se vanagloriaba haber conocido un gran abanico que iba de ácidas como limones a dulces como néctar de durazno.
Cuando Juana llegó a su vida hace un par de años una mañana de otoño, era ella una jovencita anodina entre limón y durazno, digamos que amanzanada, con aguindados labios rojos y besos con sabor a granadina. Joaquín, que a la sazón estaba suculentamente enamorado de su Juana, pero impaciente con su punto de fruición, la traía cada día a madurar en su coche afrutanado, mientras él, solícito o displicente -según el día y la hora- atendía a la melindrosa clientela que a su local acudía.
¡Y colorín enfrutado este cuento se ha acabado!