Monday, June 8, 2015

Relato- auto- relato


La mañana era una mañana como la de todos los días, sin más ni menos.  Don Ricardo salió a caminar después de pasar por el baño y entre otras cosas, afeitarse y lavarse los dientes. Iba en dirección al quiosco a comprar el periódico y luego iría a tomar el desayuno a la cafetería de costumbre, que tenía las medias lunas más deliciosas de todo Montevideo y el café mejor torrado.  Sin embargo, una extraña sensación lo invadió mientras iba caminando. En primer lugar, notaba más brillantes los colores y los sonidos como ondulados;  en segundo, cuando pasó cerca de la Sra Gertrudes Flores de Cabrera,  su vecina del 6to piso, la  misma que solía encontrarse cuando  ella sacaba a pasear a su Golden retriver, no lo saludó cuando él, a la mejor usanza  clásico-caballeresca,  levantó su sombrero y se inclinó reverencialmente hacia ella, no demasiado, por cierto, sino una leve inclinación distinguida, tanto como para que ella sintiera la elegante deferencia  con que era tratada por su vecino del 4to piso -viudo él tanto o más que ella- Sin embargo, Gertrudes, esa mañana se mostró  totalmente indiferente,  sin sonrisa, sin medias palabras, sin rubores ni tosecillas nerviosas,  sin siquiera hablar del calor que comenzaba a  esbozarse a esa hora tan temprana.  Para sorpresa de Ricardo,  la buena y siempre simpática de Gertrudis actuó como si no lo viera, “Groopy”, el perro, si lo olfateó  al pasar y meneó la cola, la verdad, tuvo que contenerse para no reír por las cosquillas que le hizo con su hocico cuando el muy atrevido se acercó a sus partes nobles.  Y luego lo otro:  cuando se acordó de que no le había puesto nafta a su coche y pensó que era buena idea si iba ahora mismo, (ya que evitaría de esa manera las colas de los nerviosos-necesitados-de-gasolina que tanqueaban a último momento cuando ya estaban a punto de llegar tarde al trabajo)   y quiso sentarse en el asiento,  no lo encontró, tampoco el motor  y menos aún  las puertas;  sólo un contorno azul lo esperaba estacionado cerca de la acera dónde lo había dejado la noche anterior.   "¡Qué cosa más rara lo que veo! ¿o no veo?"-pensó- ¿será porque aún no he desayunado?” -y entre duda y sorpresa se dijo- "vendré más tarde a ver si encuentro las puertas, el motor y las sillas y logro ponerlo en marcha”- Acto seguido nuestro Ricardo, desconcertado y hambriento,  enfiló hacia el  quiosco de diarios. ¡El mundo no podía rodar sin que él supiera por dónde y cómo! aunque  soluciones a los eternos conflictos no podía aportar, y no porque no quisiera, sino porque nadie le prestaría atención, porque  si por él fuera, ya hubiera arreglado todo, y sino todo, al menos, gran parte.  Lo extraño fue cuando se dirigió a José, el dueño del quiosco, él siempre tan amable, esta vez, no lo escuchaba tan concentrado estaba –parece ser- en atender a unos clientes, así que agarró un diario él mismo y le hizo señas de que le pagaría mañana. Y se fue  con el ejemplar bajo el brazo (ya había aprendido que si leía cuando iba caminando, ¡cataplún! al piso y estaba ya  en una edad en que era muy atinado cuidar la integridad de sus huesos, sobre todo si quería seguir saludando a Dña Gertrudes con una sonrisa de oreja a oreja que lo hacía tan juvenil, algo que sabía con certitud  por sus ensayos en el espejo después de afeitarse y “encoloniarse”)   así que, como decía, con el ejemplar bajo el brazo se fue acercando a la cafetería.  Y que cosa más extraña, cuándo  se sentó  a la mesa habitual y  puso el periódico sobre la mesa, al punto exacto en que levantaba la mano para hacerle señas al mozo, una pareja de jóvenes  dicharacheros entre risas y charlas, se le acercó. Ella, muy linda, de pelo castaño oscuro y ojos almendrados, tomó asiento frente a él;  el joven, no podría decir exactamente como era, pero sí que pesaba como unos 76,5 kg, porque  el muy turro, se sentó encima suyo sin siquiera pedir permiso.



12 comments:

Pedro Ojeda Escudero said...

Hay días que uno se siente así...
Relato divertido y preocupante.
Besos.

Sor.Cecilia Codina Masachs said...

La vida de Don Ricardo se hizo invisible, como sucede en la realidad cotidiana, nadie se saluda ni se conoce, la mayoría van a lo suya y las relaciones se han vuelto indiferentes.
Un abrazo

Tracy said...

JJjJjJjJjj. Dicen que suele pasar eso cuando se cumplen demasiados años.

Javier Rodríguez Albuquerque said...

Un halo de misterio envuelve el final de esta historia.
Un beso.

Milena said...

Me ha encantado, Myriam... que bonito relatas.

A mi me ha parecido todo el rato que el susodicho está en el más allá... pero que no se ha dado cuenta... Y el coche, pues también ;D ya que nuestros vehículos a veces son... como nosotros mismos :D

Myriam, que tengas buena semana, besos

Manuel López Paz said...
This comment has been removed by the author.
Manuel López Paz said...

Quedó solo el espíritu?...A veces nos sentimos así...

Besote. Me dejaste pensativo

Rita Turza said...

Me ha encantado el relato Myriam, a veces todos nos sentimos como Don Ricardo.

Besos.

Karu said...

Me gusto el relato, hay veces en que nos sentimos asi no?
Te dejo un beso grande
Que tengas linda tarde

María said...

La invisibilidad es uno de los males más mortíferos que a veces sufrimos los humanos, sobre todo cuando deseamos ser tenidos en cuenta, cuando buscamos esa mirada cómplice que jamás encuentra otros ojos o cuando más necesitamos ese hombro en le que apoyarnos ... pobre Don Ricardo! .. jaja se le sientan encima cuando cree que por fina alguien repara en su presencia! pobre hombre!!! ;))

Otro beso enorme con todo el cariño que te haga sentir presente en mi ausencia!




.. precioso y más que plástica esta imagen tuya en letras, bonita!

Ele Bergón said...

Lo malo no es ser invisible, lo malo es sentirse de ese modo.

Besos

Abejita de la Vega said...

Sólo vemos lo que queremos ver.