Wednesday, March 19, 2014

Tránsitos: El pasaje


Don Felipe Ganzúa y Válvula, iba ensimismado arrastrando la maleta por los corredores encerados, siguiendo las flechas que parpadeaban monotamente aquella tarde de abril, la misma en que Doña (en realidad era Srta, pero todos le decíamos Dña) Flora Quintana y Saenz que tenía una gata joven, me pidió que la acompañara al veterinario, porque su bella gata de pelo aterciopelado y ojos almendrados pardo-verduzco, estaba enferma con dolores abdominales. No suelo acompañar a todo el que me lo pide, pero esta vez accedí viendo lo desesperada que estaba Dña Flora y esa tendencia nata o innata que tengo de ayudar siempre al que me lo pide. El señor siguió arrastrando su maleta hasta que, como no se acordaba a que terminal dirigirse,  se detuvo para chequear los datos en su pasaje, mejor dicho, en su tarjeta de embarque. Busca, busca y re-busca sin  encontrarla, sin ella, huelga decirlo pero lo digo igual,  no puede subir al avión. Mientras tanto, en la Veterinaria, José Ignacio, el doctor, comienza a auscultar a la gata de Dña Flora que pega un chillido agudo, le clava las uñas en el brazo derecho justo cuando él estaba  a punto de  inyectarle un anestésico y sale disparada. La sala de espera estaba llena a tope, mejor dicho, llena a reventar.  Había perros grandes y chicos, una cotorra, un armadillo, un cobayo,  dos tortugas,  todos con sus respectivos dueños  y cinco patos que un buen san maritano había traído de la laguna de Juárez, que se habían insolado y estaban con ataque de pánico y fuertes jaquecas.  Cuando la gata corrió hacia ellos, volaron desorientados y el dóberman que estaba en un  rincón de la sala,  tiró de la correa con la que lo sujetaba su dueño, abalanzándose sobre uno de los patos mostrando la dentadura blanca y brillante con  clara  intención  de comérselo. El pato se desmayó, en el preciso momento en que un fox terrier,  que tenía  un muchacho  de remera verde y   pantalón a cuadritos, con sus cascos puestos y el MP3 a pleno,  salta atacando al dóberman, -el foxterrier, no el chico, que seguía imperturbable escuchando su música, bueno ese bochinche  distónico, disléxico y disonante, que los jóvenes llaman música- se arma una bataola de aquellas. La gata que se había subido a uno de los almohadones de los sillones, se lanza a la esquina de la sala y en un rincón se pone a defecar y tanto se esfuerza, que  expulsa un anillo con un brillante que se había tragado en casa de Dña flora que brilla de forma radiante en el montón ya saben de qué.  Por su lado, Dn Felipe decide, cabizbajo y enfurruñado, volver a su casa en la que cree que dejó el pasaje, sin recordar que si ya estaba de ese lado en el aeropuerto era porque tenía la tarjeta de embarque y la tarjeta no se la dan sin el pasaje, pero eso lo recordó estando ya en su casa,  "qué gillipollas que soy" -bufó y se dijo muy quedo, no fueran a pensar los vecinos que hablaba con los fantasmas y se pusieran a cotillear -"Dejo aquí  mis cosas y me voy a tomar una pinta al café de Paco". En la veterinaria, con el revuelo que había, Dña Flora tuvo un pico de presión, eso me dijo, ella a la que nunca le había subido la presión en su vida,  y me rogó que me quedara ahí con la gata, mientras  se aireaba un poco en la calle. Con paso ágil camina la Dña, mientras va mirando vidrieras, abre la cartera y su pañuelo se cae al suelo, -"¡cómo en las películas!" .piensa.... Y no va que,  en efecto, lo recoge  un apuesto caballero,  y con expresa galantería, sí, esa galantería de antaño, se lo entrega a Dña Flora. "¿Me permite la dama?" Mi nombre es Don Gervasio de Blanco Encalada y esta es Lucinda, mi mujer, vivimos en el edificio de enfrente, ese de ladrillos rojos que ve ahí, dice  señalando con el dedo de la mano derecha. "Visto que somos vecinos  del barrio, ¿gustaría tomar un café en el bar de la esquina?" Accede Dña Flora, y ahí van los tres. La misma en la que  estaba Don Felipe, en la barra,  llorando la pena de no poder viajar a estar con su hijo y nuera,  que estaba embarazada de su primer nieto , nieta o  lo que viniera;  viudo y solo no quería estar, eso lo tenía claro, más claro que el alba un día de primavera. Y dña Flora, que vivía  con su gata, y tenía  muy buen corazón, -eso lo sabía todo el barrio-  se acerca nomás a consolar al viudito.  (Dña Flora, ya me dirá cuando llevarle la gata, mientras tanto, calmo al veterinario, que por cierto, está de rechupete y me  enseña  a comprender a los animales, eso que algunos llaman Etología, que no se entienda otra cosa).

5 comments:

Manuel López Paz said...

Me impresiona el teatro de Ionescu...Pero quizás suene más a la vida cotidiana...

La tarjeta de embarque se toma cuando se debe tomar ;D

Besote guapa

Pedro Ojeda Escudero said...

Qué buen texto narrativo. Cómo se cruzan eficazmente las vidas en ese tránsito (hasta del gato). Y el tono argentino es un placer...
Besos.

chusa said...

Estupendo relato de humor Myriam. La descripciòn en el veterinario es muy realista, la he vivido muchas veces con mi gato, y luego el perro. Ver la sala de espera repleta de esos "extraños" y variopintos pacientes donde es difìcil distinguir quién lleva a quién (en el caso de los perrazos sobre todo)no se olvida... jajaja

Paco Cuesta said...

Por alguna razón he recordado a Torrente Ballester leyéndote.
Besos

María Luz Evangelio said...

Muy divertido Myriam, y lo mejor es como el azar los lleva despacito. Me lo he pasado bien con tu relato. Besos.
Y feliz año nuevo.