Monday, March 24, 2014

De amores y relaciones en “Dejar las cosas en sus días” de Laura Castañón, Ed. Alfaguara, Madrid, España, 2013 (4)



Viene de aquí 


Los padres  de Bruno,  Andrés y Piedad, se casaron cuando ella tenía 27 años (Pag. 86), si bien no había sido un matrimonio particularmente enamorado,  “todos tenemos un tiempo, (piensa Bruno) y el tiempo de su padre se llamaba Piedad” (207)  y las fotos del álbum familiar se interrumpen a la muerte de Piedad, su madre,  cuando él era bachiller, después del viaje que hicieron a Paris, poco antes de su muerte (207). Bruno no conoció a sus abuelos paternos, ni siquiera sabe sus nombres (87) sólo convivió con la familia materna  que eran de “derechas”, “relativamente burgueses”, “gente de orden”, “una farmacia y rentas”, con casa en la Calle Serrano, en Madrid (86).    Su padre, nonagenario, rígido, exacto,  lúcido cinéfilo, brillante conversador, as de la informática,   que físicamente se parecía Gregory Peck, pero con ojos azules (48, 49) “tan guapo, tan camelador” (207)  llegó a la familia sin un duro pero con mucha iniciativa,  conquistó a la madre y se casaron,  aunque siempre guardó el silencio más absoluto sobre sus propios padres, los abuelos de Bruno, y que éste jamás conoció, ni siguiera sabía sus nombres (87).  Así mismo, Bruno desconoce el rol que su padre tuvo en la guerra  (309). Por eso, porque Bruno desconoce esa parte de su historia familiar, que hacen a su propia biografía,  a partir del diagnóstico (errado, por ej. en  P. 517, volveremos sobre esto más adelante) de Alzheimer de su padre (50),   Bruno siente la necesidad imperiosa y urgente de bucear en el pasado que tan bien esconde su padre (48, 49, 107, 309)  “Bruno,  acostumbrado a que la edad de su padre fuera un desafío a los calendarios, (…) a su “racionalidad”, “su lucidez incontestable”, “a  la rigidez y exactitud con que nombraba las cosas y cuadriculaba el universo (…)” “vivía aquella situación nueva y terrible cómo si el mundo de pronto se hubiera vuelto al revés” (49).  Pide a Aida – confiando plenamente en su capacidad profesional- que entreviste a su padre  para que le cuente, lo que  él mismo nunca había  conseguido que su padre  hiciera (87).  Cuando Bruno le propone que Aida  lo entreviste, al padre le da risa (187), risa y también algo de pena y culpa (330) y se niega. Finalmente,  Andrés accede a que Aida lo entreviste (191, 257, 508), incluso graba el mismo,  archivos en el ordenador (190, 256, 257, 330-332, etc) – a pesar de ser  un as de la informática (49, 50)-  olvida la contraseña de unos (191) y otros archivos los deja grabados para Aida (534)  encontrando luego de todas sus ambivalencias ("quería y no quería", 186) entre  recordar y olvidar (109, 110, 140,  vs 188)  “una satisfacción casi masturbadora en grabar redimiendo el olvido” (237). 

La relación  entre Andrés Braña y su hijo Bruno, es tensa y está llena de lagunas –o mejor dicho silencios, secretos-  como hemos visto. Bruno siempre vivió a la sombra del padre (206) y tratando de huir de él y de ser su opuesto,  y cuánto más lo hace, más se parece a él, más llega a su esencia (208).  El padre considera a Bruno de pensamiento volátil, excéntrico, tanto como para adoptar una hija china y ponerle el nombre de una bruja celta, (y a sus nietos mayores, “un par de gillipollas”, P. 258 o “pedazos de siesos”, aburridos,   P. 331),   Andrés tiene una sensación de extrañeza con Bruno quien le parece más bien un marciano (288), incluso carente de sentido común (216) o "gaznápiro",  tonto (109), o sea que Andrés lo vive desvalorizando.  El lema. mandato paterno,  del  padre de Andrés, abuelo de Bruno, que  a la vez Andrés repite con Bruno, en una clara  transmisión multigeneracional,   era “cuando tú vas, yo estoy de vuelta” (330, 331).  Como vemos aquí, Andrés solía repetirle a su hijo Bruno: "A medida que te hagas mayor irás entendiendo cuánta razón tenía tu padre" (208). El padre siempre tiene que mantener el control y el poder sobre el hijo (492) y el hijo le teme (236).  Bruno por su parte, se siente un fracasado como hijo, como padre, como marido, como actor (124).   Dejó la carrera de derecho por la de actor, fallándole así al padre, además la DGS se lo llevó por rojo una vez. Bruno siente “no hay absolutamente nada que yo haya hecho que a mi padre le haya parecido medio bien” (126). Incluso tuvo un mal rollo con drogas una vez a los 20 (127). O sea que Bruno siente que su padre lo percibe como “rojo, cómico, maleante, drogadicto” (127),  tal como Bruno le resume en un correo a Aida.  Y le confiesa,  que daría lo que fuera por ser otro,  cualquiera de los personajes que interpreta (126), como ya hemos visto antes.  Bruno necesita comprender las lagunas, los secretos,  la historia de vital  del padre que él ignora,  por eso, recurre a Aida  (48-50)  y confía en su profesionalidad – “en la maestría”-  de ella para sonsacarle al padre lo que él nunca ha podido (309). Bruno cuando estaba con su padre,  era otro, pudo observar Aida  y eso le producía a ella ternura y sorpresa (508).

La relación de Bruno con sus hijos:   Los hijos mayores-  Ya hemos dicho antes que estos hijos  -y su madre- desangraban al padre en lo económico (73). Ambos  Lisis de 30 años  y Oscar de 28, optaron por  pertenecer al mundo del espectáculo,  algo con lo que el padre estuvo de acuerdo antes (de hecho, la hija se llama como el personaje de una obra de teatro , Pag. 76,  y ambos padres soñaron cuando nació,  que la niña fuera actriz, Pag. 75)  pero ahora Bruno desearía que hubieran sido “funcionarios de cualquier ministerio, o que hubieran estudiado una carrera, la que fuera (…), algo que garantizara que su existencia (75);  se sentía muy a disgusto con que  le hubieran salido “poco inteligentes”,  con “espantosos resultados académicos” , “muy listos no eran”,   carentes total  de sentido de humor, ironía o siquiera,  sarcasmo(75) . Los padres los habían criado en la libertad y el temperamento artístico, y  en especial Bruno había despotricado mucho del  sistema  educativo oficial,  “sembrando en ellos el germen del desconcierto y de la desgana” (75).  Lisis era actriz “pero muy mala” y se ganaba la vida siendo la amante de personajes de la farándula, casados, y protagonizando escándalos que después aireaba en  la tele (76,  77).  La última de ella era querer entrar en un Reality Show, cosa que a Bruno le molestaba mucho (172).  Bruno  veía a Lisis muy poco, menos estando en casa de su abuelo, porque éste no había tenido empacho en decirle “que lo que ella hacía tenía un nombre”  y Lisis, se había sentido ofendida por eso  (77).  Pero Lisis  sí, solía pasarle  al padre (supuestamente  por teléf.) informaciones negativas respecto del hermano (77);  en las pocas veces que visitaba al padre “comía como una lima” (78); en una de esas visitas, Bruno le  dijo a la hija que  en “esa tesitura” (por los hombres con los que andaba y siendo que ella usaba apellido como apellido artístico  “San”, Pag.  77, un acortamiento de su apellido materno Sánchez)  se le ocurrió a Bruno decir que “si alguien la veía con él podía pensar que tenían un romance” y hasta usar eso en un par de programas para beneficio económico  de ambos y  desmentirlo luego, tratándose  de su hija. Lisis le responde entonces “No digas tonterías papá, a ti no te conoce ni Dios” (79).  (Vemos que la desvalorización en esta familia es evidentemente multi-generacional).  

Oscar,   es guitarrista, compositor y cantante, cuasi-fracasado  (77),  que tiene fases eufóricas y depresivas que se sucedían con rapidez (77),  vive pidiéndole al padre  dinero y manipulándolo con que se quiere suicidar, cosa que se evapora cuando  recibe una transferencia (también una manera -no la mejor- de demandar afecto, más allá del dinero).  Bruno le cuenta a Aida en un correo, que trata de cerrar el grifo, pero que no puede porque es  su hijo y quisiera verlo feliz (172).  Cuando el hijo lo llama llorando al contarle lo enferma que estaba su madre y que la habían ingresado en el Hospital,  lloraba,  y Bruno, tal como le cuenta a Aida en un correo, “no  he sabido muy bien que decir” (214).  Y esto no es extraño, puesto que Bruno  muestra dificultad para resolver situaciones emocionales.  Quiere ser buen padre,  al menos con los hijos grandes, pero no sabe cómo.  

De su relación con la pequeña hija Morgana, de 7 años,  de su segundo matrimonio, poco sabemos, en realidad,  Bruno no había querido adoptarla sino Macarena, su mujer de entonces (120-122). El regresando  de China con “su hija” sintió “un vértigo inexplicable, cómo si los acontecimientos lo hubieran desbordado. Iba a adoptar a una hija china con una mujer a la que sólo quería a medias y toleraba cada vez menos” (122).

 El  miércoles  y jueves veremos:  La relación sentimental de Aida y Bruno.


Contribución a la lectura colectiva virtual que hacemos bajo la conducción de Pedro Ojeda desde su blog La Acequia.   ©  Myriam Goldenberg



7 comments:

Paco Cuesta said...

Uno de los personajes para mi interesantes de la novela es Andrés, del que se atisba algo nuevo tras conocer que posee un libro dedicado de Lorca.
Besos

Myriam said...

GUILLERMO ELT comnenta:

Yo te voy a hablar de un personaje que se llama Guille y.... Jajajajajajaja. Naaaa, notasustes. Mandarte un Besibrazo enorme y que sepas que soy,a pesar de todo, de los de "siempre"

Genín said...

Tomando nota, que es gerundio.
Besos y salud

Manuel López Paz said...

Me gusta este personaje de Andrés
Interesante reflexión del hijo...Tiene su tiempo y se llama Piedad.

Besote guapa

Javier Rodríguez Albuquerque said...

Estoy pensando en que no me voy a comprar el libro. Leer tus artículos creo que es bastante mejor.
:)
Un beso.

María Pilar said...

Tengo en cuenta todo. Hoy he empezado a leer el libro.
Un beso

Pedro Ojeda Escudero said...

La relación de Bruno con su familiar es la de un hombre que no puede establecer sólidos lazos afectivos permanentes con nadie quizá, precisamente, por la actitud del padre. Guardar un secreto tan profundo siempre marca la personalidad y le convierte a alguien en un huérfano de su propia historia.
Besos.