Wednesday, April 22, 2015

Entre tránsitos, recuerdos y "Sefarad" de Antonio Muñoz Molina

                                                                     (foto mía)

"No creo que sea verdad eso que dicen que al viajar uno pueda convertirse en otro. Lo que sucede es que uno se aligera de si mismo, de sus obligaciones y de su pasado, igual que reduce todo lo que posee a las pocas cosas necesarias para su equipaje. La parte más onerosa de nuestra identidad se sostiene sobre lo que los demás saben o piensan de nosotros. Nos miran y sabemos que saben, y en silencio nos fuerzan a ser lo que esperan que seamos, a actuar en cumplimiento de ciertos hábitos que nuestros hábitos anteriores han establecido, o de sospechas que nosotros no tenemos conciencia de haber despertado. Nos miran y no sabemos a quién pueden estar viendo en nosotros, que inventan o que deciden que somos. Para quien se encuentra contigo en el tren -aeropuerto o avión-  de un país extranjero no eres más que un desconocido que sólo existe circunscrito al presente".  (P35)

(...) "Pero al viajar siento que no peso, que me vuelvo invisible, que no soy nadie y puedo ser cualquiera y esa ligereza de espíritu se transluce en los movimientos de mi cuerpo, y voy más rápido, más desenvuelto, sin la pesadumbre de todo lo que soy, con los ojos abiertos a las incitaciones de una ciudad o de un paisaje, de una lengua que disfruto comprendiendo y hablando, ahora más hermosa porque no es la mía. Habla Montaigne de un presuntuoso que ha vuelto de un viaje sin aprender nada: Cómo iba a aprender, dice, si se llevó entero consigo" (P36)

(...) "En su memoria el viaje al exilio tenía toda la dulzura del bienestar infantil, del modo en que los niños se instalan confortablemente en lo excepcional y dan a las cosas dimensiones que los adultos desconocen (...)" (P54)  pero que quedan grabadas en la memoria por la carga emocional. Recuerdo que tenía tres años, cuando mis padres se divorciaban, mis padres argentinos que,  poco antes de que yo naciera, se habían ido a vivir a Colombia. Miento, no recuerdo el divorcio pero recuerdo el viaje, que se divorciaron lo supe después.  Recuerdo la ruta, las paradas, los hoteles. Recuerdo practicamente todo de ese viaje. Los ruidos, los colores, los olores.  En la ruta en auto de Cali a Barranquilla, apareció de pronto, la primera grúa que vi en mi vida: un enorme aparato como una jirafa gigante  pero con fauces de león que las abría para engullir tierra e ir  cavando  un hoyo a su alrededor. Recuerdo cuando paramos en un restaurante el mantel blanco, las copas de cristal y la porcelana brillante,  recuerdo como mis padres se habían ido a los servicios por un momento y me quedé  con el mozo comiendo esa mantequilla  con forma de ñoquis; él me festejaba la gracia e  iba trayendo nuevos platillos de mantequilla  que yo iba, golosa,  vaciando  y recuerdo como vomité luego en el auto, sobre la ventanilla a medio bajar del Buick negro y blanco de mi padre. También recuerdo el baño del hotel  con la bañera llena, bien llena,  de espuma, barquitos, patitos de goma  y pompas de jabón.  Recuerdo muy bien el aroma del jabón, por eso, cada vez que llego a un hotel,  ya de mayor, y reconozco ese aroma, me siento en casa. 

De ese viaje de mis tres años, recuerdo mucho más.  En Barranquilla debíamos tomar un barco a Valparaíso, Chile. No puedo recordar la figura de mi padre despidiéndose,  tampoco supe entonces que una señora se reuniría con mi madre, mi hermanita menor y conmigo. Ella, de pronto apareció; era su hermana, mi tía,  que venía a acompañarla para ayudarla en la travesía con las niñas. Del viaje en barco  tengo dos imágenes muy grabadas, una visual, la otra gustativa de haber comido algo muy rico, un poco salado. Mi madre, supe más tarde, se pasó todo el viaje descompuesta en el camarote. Mi tía  nos tuvo que cuidar sin descanso y yo quería jugar con los peces, recuerdo, y lo recuerdo muy bien,  como ella me asió por el brazo  con brusquedad nerviosa, al tiempo en que me decía ese "¡nooo, ni se te ocurra!" tan característico suyo.  El camarote quedaba por debajo del nivel del mar y yo  quería  salir por la claraboya  para  jugar con los peces que veía acercarse al vidrio, me  explicó mi tía más tarde. El sabor que recordaba era el de jamón crudo, serrano, parece que desde que lo descubrí en ese viaje siempre me gustó ...¡me encanta! ¡y si es pata negra, mejor!. Los dulces no me atrajeron nunca, soy en virtud de ese jamón, creo, por siempre  de salados. La siguiente imagen que veo es la de la llegada a Migraciones de Chile. Recuerdo estar cerca del mostrador, de madera caoba con ranuras verticales - a mi altura de tres años eso era lo único que veía- una gran pared de madera en forma de "u" con sus curiosas ranuras y recuerdo el sonido  rítmico de los  golpes del matasellos sobre los pasaportes. En Valparaíso, mi tía que nunca tuvo hijos, se quedó en casa de amigos para reponerse del agotamiento de esa loca aventura en la que tuvo que cuidarnos durante toda la travesía porque mi madre no asomó su nariz fuera del camarote con su mal de mar.  Seguimos, pues con mi madre en Tren a Buenos Aires, Argentina, ahora sí, despabilada.  De ese tramo, recuerdo que casi llegando a destino, mi madre nos hizo cambiar las bombachitas blancas de algodón y  poner los vestidos cosidos por mi abuela, su madre, para nosotras.  Eran amarillos, con unos listones verticales con una guarda en gris  en la pechera y la falda tenía volados, se abotonaban por detrás y en la cintura tenían un cinto que se ataba atrás en un moño, los dos eran iguales. Y te los podría dibujar con todos sus detalles de tan grabados que los tengo en mi memoria. "Vamos, ponte el vestido, que cosió tu abuela" dijo mi madre; (Mi abuela cosía a mano ropa y pintaba acuarelas  con una sutilidad, delicadeza y perfección angelicales, eso sí, cocinar, cocinaba como bruja, pócimas incomibles). Lo último que recuerdo de ese viaje, es haber visto a mis abuelos en el andén. El todo alto y flaco, con sobrero y sobretodo negro, inclinarse y levantarme en sus brazos para darme un beso, ella a su lado, sonriente y menuda,  agarraba  a mi hermana. 

Así llegué a Buenos Aires  a comenzar una vida de exilio, en un exilio que venía traspasándose de generación en generación, enganchado al exilio de mi padre, enganchado al exilio de su padre, y así sucesivamente  desde  la salida de mis ancestros de Sefarad.  La leyenda familiar transmitida celosamente de padres a hijos  cuenta que de Segovia y Avila en 1495,  esa rama se fue a  Saloniki, Grecia, luego a Esmirna, Turquía,  y de allí a Jerusalem, Israel,  en ese entonces parte del Imperio Otomano.   Hoy vivo, en casa,   donde nacieron  y crecieron, mi abuelo y bisabuelos paternos, hoy vivo en casa con retazos de múltiples ciudades que han pasado a formar parte de mi Ser, como un collage, en el que cada una palpita, late, siente y me enriquece.  


Nota:  Antonio Muñoz Molina, "Sefarad", Ed. Círculo de Lectores S.A, , Barcelona, España, 2001

Contribución a la lectura colectiva virtual que hacemos bajo la conducción de Pedro Ojeda desde su blog: La Acequia   ©Myriam Goldenberg



Nota:  Citas del texto en color verdeenlaces en color azul.


12 comments:

Genín said...

Que agradable lectura :)
Besos y salud

manouche said...

Au pied de la tour de Galata a Istamboul, dans un café, un groupe de jeunes gens, à côté de moi, parlaient un espagnol du 16ième siècle (!) hérité de leurs ancêtres.Ils m'ont questionnée avec passion sur Madrid, Barcelone cette Espagne si chère et qu'ils n'avaient jamais vue....

Bertha said...

Me ha encantado; esa forma de definir, esos muchos recuerdos y el enriquecimiento que te ha supuesto esos viajes.Que en cada uno, has recogido y guardado para enriquecerte en tus momentos de sosiego.Y formar este"collage".

Feliz día de San Jorge Myr.

Pedro Ojeda Escudero said...

Excelente manera de traernos Sefarad, Myriam.
En efecto, esta novela de novelas es también la nuestra y a poco que cerremos los ojos nos incorporamos a su relato como tú has hecho. Gracias por compartirlo.
Besos.

Manuel López Paz said...

No la conocía y me ha agradado mucho.

Besote guapa

Abejita de la Vega said...

¿Por qué recordamos unas cosas y otras se las traga el olvido? ¡Qué collage de tránsitos el tuyo, Myriam!
Me parece ver tus peces y tus trocitos de mantequilla, y el vestido amarillo hecho por tu abuela.

La vida está llena de exilios, cuántos sefarads dentro de nosotros.
¡Mira que gustarte el jamón!
Besos, Myriam,un placer viajar contigo.

Ambar said...

No conocía esta obra de Antonio Muñoz pero, he decidido leerla. Todos llevamos pequeños o grandes exilios en el corazón.
Besos

Rafa Hernández said...

Repleto de recuerdos y viajes; eso está muy bien.

Besos.

Isabel said...

Al leerte he recordado que, entre los varios libros que esperan en mis estantes ser leídos, tengo pendiente éste. Así que gracias, y por todo lo que escribes, tan interesante.

Abrazos

María del Carmen Ugarte García said...

No recuerdo mi primer viaje del pueblo a Madrid, porque tenía meses, pero sí los bocadillos de jamón de la parada obligada que hacía el coche de línea en Buitrago. A pesar de que desapareció el bar y desviaron la carretera, a mí Buitrago me sigue sabiendo a jamón, y lo siento mucho por el marqués de Santillana.

Ele Bergón said...

Lo que queda grabado en nuestra memoria a largo plazo, tengamos poca o mucha edad, son precisamente las vivencias que se han mezclado, de una forma especial, con nuestras emociones y sentimientos.

Yo también recuerdo cosas de cuando era muy pequeña y me dicen, eso es imposible que te acuerdes sí solo tenías tres años y yo les digo que sí. Ahora descubro que tú también recuerdas a edad temprana.

Sefarad, es un gran libro y nos lleva y nos trae a recuerdos que a cada persona, nos toca en nuestra fibra más emocional.

He leído con emoción tu relato.

Besos

Paco Cuesta said...

De uno u otro modo, Sefarad consigue que nos identifiquemos con la novela.