Sunday, August 21, 2011

El corcel del jinete que no sabía quien era

                                                      Gustavo Adolfo Bécquer                                                           

He buceado por los rincones de mi niñez perdida, ausente, denigrada en la que solo el recuerdo amargo se abre como fruta madura que destila hiel y canto de un dolor liberado ya hace  mucho tiempo. María de los Angeles despierta mi motivación para leer la leyenda de Bécquer "Creed en Dios" y sin darme cuenta siquiera, me encuentro cabalgando el pura sangre de mi infancia y juventud en esos raros momentos de felicidad arrancados a mi tristeza. "Colorado" se llamaba.

Aquel día estival me había levantado temprano, como solía en el campo. Varios chicos nos habíamos juntado para jugar a los  criollos e indios. Yo era el indio tehuelche  Cipriano Catriel que dejaba de ser esa niña dolida para transformarse en un indómito cacique y entonces la fuerza, la alegría, el valor recorrían vibrantes mi cuerpo que  apretaba rodillas ceñido a la silla de mi Colorado y  tomando las bridas, volaba al galope. 

 Varios criollos me perseguían pero yo, que no era yo,  armada de arco y flecha, atacaba y vencía,  como poseída por una extraña potencia viril.  El viento arisco sopla de pronto, recuerdo, se arma un remolino de  tierra, mezclado con indios y criollos a caballo, todos gritando, cuando algo golpea a mi Colorado que corcovea  espantado y  se aleja  de la caterva de "bochincheros chiflados"  a campo traviesa en desenfrenado galope. Sintiendo que pierdo el control, tenso las riendas y me afirmo a la grupa de mi caballo que como bala penetra en el bosque,  temo estrellarme contra algún algarrobo, pero no, pegada al corcel lo más gacha posible, lo atravesamos saliendo al sendero de atrás.  No soy yo,  tampoco soy indio, quizás un espectro o corcel y jinete sin nombre en corrida feroz; más  adelante corta el camino un bebedero de vacas, me preparo para  saltar el objeto pero  al verlo mi caballo baja la marcha,  aprovechando el instante  brinco a tierra desde donde feliz, empolvada y sudada, veo como  Colorado muy campante se aleja.


Contribución a la lectura colectiva virtual que hacemos bajo la conducción de Pedro Ojeda desde su blog La Acequia.

© Myriam Goldenberg

12 comments:

Abejita de la Vega said...

Los rincones de la infancia, siempre hay algo, algo que sale a la luz cuando menos lo pensamos. La niñez tiene su doble cara, también su lado amargo; pues el niño no alcanza a comprender el mundo adulto.

El cantante Serrat lo dijo así:

"Uno se cree
que los mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.
Son aquellas pequeñas cosas
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.
Como un ladrón
te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas,
que el viento arrastra allá o aquí...
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve."

http://aranitacampena.blogspot.com/2009/01/pequeas-cosas.html


El corcel te ha inspirado y te has metamorfoseado en indio patagón, de niña dolida a indómito cacique...El bebedero de vacas rompe el hechizo, qué bello sueño.

Feliz domingo te desea:

María de los Ángeles Merino

Myriam said...

Gracias MARIA DE LOS ANGELES por tu cariñoso comentario, en realidad fue una vivencia que recordé. Más o menos así pasó para mí, con la única diferencia de que Colorado era Colorada.

Besos

Aristos Veyrud said...

Simbólico relato inspirado en una leyenda. La imaginación siempre es infante en corcel a punto de desbocarse. La desgracia de los adultos es que ni siquiera se atreven a montar el corcel.
Un abrazo Myr!!!

saltar del tren said...

Un hermoso relato acompañado de un poco de historia. En esos rincones que hicieron de nosotros lo que hoy somos.
un fuerte abrazo

La Zarzamora said...

Amazona e india... ya de chiquitita prometías con bríos de alegría, fuerza y valor...
A veces es curioso ver cómo la memoria se tropieza con nosotros y desgarra viejos recuerdos que desempolvamos sin apenas darnos cuenta.

Refrescante entrada, Myriam.
Besos.

Migue said...

Myrian,
de niños hicimos cosas increíbles para estos tiempos de informática.Aunque lo haya poetizado un poco,te veía allí montada sobre la colorado como indio/a tehuelche mientras los criollos te perseguían.Nacer,criarse en el campo sigue siendo otra forma de vida, aún en los juegos.Yo cabalgué tan solo de paso, en el Parque Pereyra Iraola.El despliegue de las acciones,está maravillosamente narrado,he de visitar el blog de Pedro Ojeda: La Acequía.
Un fuerte abrazo para ti!!

pancho said...

Influenciados por las películas del oeste, nosotros jugábamos a indios y vaqueros de pequeños.

Te veía dándote un chapuzón, pero al final te libraste de él.

Un abrazo.

Aldabra said...

¡que miedo, Myr!
a mi me dan mucho miedo los caballos pero también los admiro... me evocan libertad y fuerza.

biquiños,

Mª Teresa Alejandra said...

Myriam estoy de nuevo en mi blog, el escribir cura, pero no soy capaz de comentar textos muy largos.

Te dejo, un fuerte abrazo

maite

Pedro Ojeda Escudero said...

El caballo, al galope, tiene una especial simbología, sin duda alguna. Qué buena relectura becqueriana buceando por la propia experiencia...
Besos.

LOLI said...

Y ese caballito era una fregona? Una escoba? O era real?

Mi imaginación tambien me sacó de malos momentos y es que nuestra mente es sabia,verdad?

MIL BESAZOS GUAPISIMA!! ♥

Myriam said...

Real, LOLI. Besos