Thursday, November 27, 2008

LA JAULA DEL AMOR


No pudo evitar Miu-Chi que un rubor inoportuno tiñera sus mejillas cuando, la vista baja y la voz temblorosa, preguntó al sapientísimo anciano Kon-Tsai :


_Cómo puedo estar segura, venerado maestro, de que aquél por quien mi pecho suspira no se mostrará impiadoso con la llama que me consume? _Había encontrado la doncella el valor de hacerle al sabio la pregunta, y ahora, sin atreverse a levantar la mirada del suelo, esperaba ansiosa la contestación.


Y Kon-Tsai, cuya pupila penetraba en el alma como la mano en cofre abierto, dijo:


_Niña, hubo una vez una princesa _no recuerdo su nombre, pero lo que te relato sucedió muchos años atrás _,que se prendó de una hermosa avecilla. En jaula de oro la tenía encerrada. Con su propia mano le daba de comer; le hacía mimos y caricias; la acompañaba; le confesaba sus más íntimos secretos... para ella vivía. Pero no se decidía a abrirle la puerta por temor a que, batiendo las alas, se le escapase hacia la azul inmensidad del firmamento.


Una noche, sin embargo _imperdonable descuido! _olvidó la princesa asegurar el minúsculo cerrojo de aquella magnífica prisión de dorados barrotes. A la mañana siguiente encontró la jaula vacía. Oh, aflicción inconsolable!. Su amado joyel de irisadas plumas había desaparecido!. Lloró, gritó, rodó por el suelo, se rasgó las vestiduras, cubrió de cenizas sus cabellos y acusó a la fugitiva _entrecortadas las palabras por el sollozo_ de egoísmo, ingratitud y deslealtad.


Muchas lunas vagaron por la celeste bóveda estrellada. La princesa creció. Se afinó su cintura cimbreante; una curva sensual y delicada fueron dibujando sus delicadas caderas; y como orgullosas fierecillas, bajo la seda de la bata, erguíanse los senos desafiantes... Advirtiendo estos cambios, el padre de la princesa comprendió que había llegado la hora de encontrarle consorte. Y la casó (un mes duraron los festejos de los esponsales) con un poderoso monarca.


Al principio todo anduvo a las mil maravillas. El esposo la adoraba. Con su propia mano le daba de comer. Le hacía mimos y caricias. La acompañaba. Le confesaba sus más íntimos secretos... para ella vivía. Pero la tenía encerrada en un palacio de oro y jade y, por temor a que lo dejara abandonado, no le permitía siquiera asomarse al jardín.


La princesa amaba a su cónyuge; pero no toleraba la prisión que éste le había asignado, aunque su lecho fuera de pétalos y de aroma sus muros. No hay cosa ante la que los deleites de la pasión se desvanezcan con más celeridad que la amargura. Llegó un momento en que la princesa sólo pensaba en escapar.

Urdió un plan, y con la complicidad furtiva de los luceros, una cálida madrugada de verano, abandonó los regios esplendores de su cárcel.


Cuando el esposo, al rayar el alba, descubrió la fuga, gimió desesperado. Lloró, gritó, rodó por el suelo, se rasgó las vestiduras, cubrió de ceniza su cabello y anatemizó a la joven mujer llamándola egoísta, ingrata y desleal... La princesa no dejó rastros. Nunca retornó. Mas no faltan quienes dicen haber divisado en el remoto bosque de Tai-Zong a una hermosísima doncella, idéntica a la esposa del compungido rey abandonado; una joven que salta y juega feliz entre los matorrales, y que va siempre acompañada de una gentil avecilla con la que no cesa de conversar.


Cuento Taoista

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